De partir partiendo

Me voy a la ciudad cruzada por cuatro ríos
Allá la cuarta historia me espera, como un cofre.
No de aquellos que juntan polvo, sino de los que siempre,
se abren y cierran con lo nuevo y lo antiguo.
Me voy a la cuarta historia que cierra el círculo
del tiempo, ese mío, nuestro, sueño ancestral,
de mariposas amarillas en Macondo.
Ciclos lunares, solares, infinita vida y muerte
contenida en fragmentos resistentes.

Me voy a la ciudad de los cuatro ríos
cruzada por la sensación de una sequía
larga y densa que termina. Me voy de ella.
Me permito dictar el inicio de las grandes cosechas
levantando mi brazo con el dedo índice,
lejos de las miradas de los otros
los de siempre, los que ponen su dedo sobre mí.
Sacaré mi cuerpo marcado, como un blanco de tiro,
Y me lo llevaré lejos, flotando leve.

Me voy firmando cuatro renuncias voluntarias
a la prisión que me jala por los cuatro puntos
cardinales, generacionales, nacionales, irracionales
Me voy, abandonando esta muda de piel
que les dejo para los reclamos y las recriminaciones
de quienes me tuvieron y querían otra cosa de mí.
De los tantos hijos que no he parido, y me lloran.
Me voy liviana y sin deudas, liviana y sin promesas.
Me voy para mí, por primera vez, y canto.

Me voy partiendo de mí y de lo que duele
dejar de abrazar, como naufrago a un madero.
Me voy de quienes llegaron a conocerme
y me han amarrado a este mundo en medio
de grandes tormentas y en pleno desierto
aliviaron mi sed hasta el amanecer.
Me voy de necesitarles, en las cuatro estaciones.
Parto, y para partir, parto,
llevando lo que quepa en el bolso de mano.

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Para hacer brotar perlas

Hay que cultivar la delicada capa,
filtro de sol matutino
que envuelve acariciante
cuan hilo de seda, a la amada.

Y no este fusil atravesado
en la garganta que escupe
fuego nocturno en la cima
iracunda de la historia.

Perlas nacaradas, ámbar dulce,
sueño grácil de amapolas,
a la orilla de los causes,
a la espera del rocío.

Y no un delirio de justicia,
devenir muertos vivientes
asomados a la balacera
imaginando mundos distintos.

Para hacer brotar las palabras
como perlas de los arrecifes
hay que desviar la mirada
con la ceguera de los iluminados.

La pensión alimenticia

-Daniela, hola mija ¿Cómo ha estado? ¿Anda de compras?
-Hola, sí… vengo todos los domingos a la feria. ¿Usted cómo está?
-Bien fíjate, gracias a Dios, sin novedad y ¿Cómo está el niño?
-Bien, ahí está, ya se le pasó el resfrío.
-¿Estuvo resfriado? Y ¿Por qué no me dijo?
-No sé poh, yo pensé que el Gonzalo le iba a contar.
-No pues, qué me va a decir, si él anda con sus cosas. Para la otra me dice no más.
-Ya, gracias.
-y ¿Lo está llevando al jardín?
-Sí, faltó una semana por el resfrío, pero va todos los días.
-Y ¿No lo trajo ahora? Pucha, que hay…
-No, porque es muy pesado andar con el niño y el carro, y como no le gusta caminar tanto, lo tengo que traer en coche y no me caben todas las verduras. Si ya lo he hecho así hartas veces.
-Bueno y ¿Con quién queda?
-Con mi mamá poh, si ella lo cuida siempre que no puedo yo. Ella lo estuvo cuidando esa semana y los días que tengo clase en las tardes, lo ve ella también.
-Pero la mamá es la que tiene que estar ahí pues. Oiga mija, y ¿Usted no ha pensado en esperar un poco para los estudios? Que el niño esté más grande, no sé pues.
-Si lo he pensado, pero es que ¿Sabe? Me queda tan poco y yo no quiero que le falte nada al Tomás, entonces quiero afirmarme en un trabajo mejor y salir adelante, por él principalmente.
-No mija, sí yo la entiendo, pero es que es muy chiquitito, además el Gonzalito me dijo que usted andaba saliendo con otro chiquillo, entonces eso no es dedicarle tiempo a su hijo pues y la mamá siempre tiene que estar ahí.
-Oiga, pero eso es asunto mío ¿Por qué le anda contando mis cosas personales el Gonzalo? Ni siquiera estoy pololeando.
-Peor pues mija, si usted ahora es mamá y no puede andar de boca en boca, mire que eso se ve bien feo.
-Y ¿Por qué me dice eso a mí?, hasta donde yo sé el Gonzalo ha estado no sé cuántas cabras desde que terminamos y usted no le ha dicho nada. Ahora tiene polola y ni viene a ver a su hijo porque siempre está ocupado y yo a mi hijo no lo dejo de lado por nadie.
-Pero es que es distinto pues.
-Y ¿Por qué es distinto?
-Porque en una mujer se ve feo, sobre todo ahora que es mamá. Además que incurre en gastos que no corresponden. La pensión que le da Gonzalito es para el niño, eso está bien, pero usted no se la puede estar gastando en cosas que no corresponden.
-Oiga, ¿Sabe qué? Usted no tiene idea de lo que está hablando. Yo veré en lo que gasto la plata, eso es asunto mío. No tiene por qué meterse en eso.
-Por supuesto que sí y cuidado como me habla, porque en primer lugar, yo soy la abuela y tengo derecho. Además, a mi jamás se me habría cruzado por la cabeza salir de noche teniendo un hijo, menos todavía siendo chico. Y por último, yo no lo digo porque sí, es porque me preocupa mi nieto.
-¿En serio? Y si tanto le preocupa, ¿Por qué no lo viene a ver? Si no es porque nos topamos por casualidad ni se entera de que estuvo enfermo y más encima a su hijo no le dice nada por tenerlo botado.
-Bueno, pero esas son cosas distintas, acá el tema es otro. Gonzalo te da pensión, pero no es para ti, y no puedes gastarla en cosas que no corresponden, es para el niño y eso no tiene discusión.
-¿Sabe qué? Yo trabajo, me saco la mugre.
-Está bien pues, si es lo que tienes que hacer. No tendrías que trabajar si no te hubieses separado. Ahora tienes que asumir las consecuencias, no pensaste en la estabilidad del niño.
-Oiga, pero de nuevo con eso, yo no tengo porqué aguantar maltratos de su hijo.
-Pero ¿Alguna vez te levantó la mano?
-Linda la cuestión, ¿O sea, que me tenía que pegar más encima?
-No estoy diciendo eso, pero esas peleas tienen solución cuando una pone de su parte.
-Ya ¿Sabe qué? Esta conversación la vamos a dejar hasta acá no más, porque eso ya fue y yo estoy muy bien con mi hijo y ahora está mucho más tranquilo sin andar viendo peleas y escuchando los gritoneos de su hijo. Y por último, con lo de la plata de la pensión ¿Cuánto cree que me da ese mentiroso?
-Oye, ¡No te voy a aguantar!
-¡Tremenda cuestión! Una porquería me pasa su hijo. Tarde, mal y nunca. Yo pago el techo, la comida, el médico, los remedios, la ropa, los zapatos, los juguetes, lo llevo a pasear. Yo lo llevo al jardín, yo lo cuido cuando se enferma, yo le paso plata a mi mamá por cuidarlo. Así que cuando su hijito me deposita esa cagada de plata, hago lo que se me para la raja. ¡Y no me guevee más señora, que me tiene hasta acá con sus cahuines!
-Daniela, nunca me habías hablado así…
-¿Por qué no se va un ratito a la cresta? Y ¿Sabe qué? Aproveche y llévese a su hijito con usted.

Partida en dos

Digo estar partida en dos,
pero junto los pedazos porfiadamente.
Los pego con cinta adhesiva,
los hago convivir a la fuerza.
Las dos sangres transitando las mismas venas
Ahogándose la una en la otra.

Como los gatos y su huida a los tejados,
las revueltas nocturnas de arañazos y mordiscos,
la saliva, el semen, la acequia basural.
El tazón de leche tibia en la alfombra.
Siempre vuelven a su lugar
que es adentro y afuera.

Como el país que me cobija y me expulsa
y su hacer de explotadores y vencidos.
Allá el hambre amordazada de cuotas
entre paisajes grises y polvorientos.
Allá en la cúspide el lujo amurallado
en paraísos fiscales verdes, como un edén.

Partida en dos abrazo el mundo
y lo devuelvo asqueada y triste.
Salgo a encontrarlos y me escondo
en la noche larga de la espera.
Pregunto por las huellas de los humildes
y desnudo sin pudor a sus ídolos.

Partida en dos acaricio mis manos
que han caminado entre lo mortal
y lo sublime de la carne viva,
para ser olvidadas y olvidar
las guardo en los bolsillos
de las horas apacibles.

Pero junto los pedazos porfiadamente
los hilvano en verso cantado al oído,
que saluda a la muerte desde el amanecer.
Todavía me quedan unas cuantas páginas
para arrojarle al viento, sin más tinta
que las lágrimas de este engendro.

Maraca

– Está rico el té, ¿Lo hiciste tú?
– Sí, le pongo un poquito de jengibre y miel…queda rico.
– Estay rara, ya cuéntamelo todo que te conozco. Anday con toda la weá
– Si weona, estoy hasta la mierda de chata con todo.
– Pero ¿Qué pasó? No me digay que el Luis te cachó.
– Si weon, me cachó. En realidad quedó cachúo con una weá tan tonta y se la solté al tiro, no esperé ni que me preguntara. Es que estoy muy chata, si ya no lo soporto, le tengo mucha rabia, muchas weas guardás.
– Pero ¿En qué te cachó?, puta weona te dije que la hicieray piola, que no te mandaray una cagá ¿Qué te dijo?
– No, si me cachó porque puse el teléfono en silencio y como la muy aweoná, nunca lo hice, sospechó al tiro. Me preguntó que por qué tenía el teléfono en silencio y le dije ¿Querís saber? Porque tengo un mino. Pero no te preocupís, le dije, que no pienso seguir con él. La weá ya fue.
– ¡Me estay weiando! Pero ¿Cómo hiciste esa weá?
– Pero si te dije, tenía la weá atravesá, estoy chata, ¡Estoy chata! ¿Cómo no me vay a entender?
– Si, weona, obvio que te entiendo, conozco todos los cagazos de tu marido, me los sé de memoria, fui la primera weona en decirte que el loco era más falso que Judas y que no te casaray, pero voh no me quisiste hacer caso.
– Si sé oh, no me insistay más con esa historia ¿Pa qué?
– Puta, disculpa, pero es que me da rabia. Siempre ando con la preocupación que en cualquier momento el weón te aforre, te salga con otro pastel, ande con otra mina, cualquier weá. Estoy cansada de decirte que mejor te separí del Luis y ahí vemos como le hacemos.
– Weona no puedo. Tenemos tres cabros chicos, el más chico tiene dos años, weón ¿Cómo querís que lo haga?
– Pero si tu trabajay, no te va mal, de a poco, junta algo, no sé, habla con tu mamá…
– ¡Tay más weona! Mi vieja falta poco pa que le prenda velitas al conchesumadre. Ay que el Luisito es tan buen papá, que Luisito en tan bueno contigo, ay que el Luisito no sé cómo te aguanta el carácter. Supiera la iñora.
– Bueno pero, ¿Qué querís poh? Si tu mamá conoció a tu puro papá y de ahí para de contar y el viejo trapeaba el suelo con ella. Obvio que el Luis es un santo.
– Por eso poh, no puedo contar con ella, me sepulta viva si le hablo de separación. Ya la veo, ¡Piensa en los niños! Weón, como si no pasara pensando en ellos, que si me separo les rompo la familia, que si sigo les cago la imagen de familia. Como sea la cago igual. Y si me separo ¿Cómo nos vamos a mantener? Tu cachay que el Luis tiene dos amigos abogados, ¿Tu creís que me va a dar pensión pa los niños? ¡Ni cagando!, se la saca en tres tiempos y ¿Qué voy a hacer yo? El paga la nana para que los cuide mientras yo trabajo. Gana el doble que yo, y eso que me fue mucho mejor en los estudios que a él. Pero claro, como él no ha tenido que parar de trabajar para criar, ha podido hacer carrera en la empresa, y yo paré 6 años cuando nacieron los gemelos y ahora, dos con el Joaco ¿cachay la weá? Mas encima mi jefe, que es otro conchesumadre, que se jura mino y es más desagradable que la mierda, siempre anda con la weá de hacerse el lindo y me dice que me quiere promover y me pone caritas, y yo… ¡conchesumadre! Que ganas de matarlo con mis propias manos a ese explotador culiao. Trata como las weas a las señoras del aseo, weón, si es insoportable. Lo miro con mi mejor cara de póker y obvio, el culiao no me asciende, porque no le doy la pasá.
– No me habíay contado esa, te la teníay bien guardaita.
– Qué me voy a querer amargar la cagá de día que tengo, después de la pega, ver los niños, dejar cocinao pal otro día, las rabias con el Luis y más encima ¿Voy a querer acordarme de ese cerdo asqueroso? No weí poh.
– Puta los weones pasaos a caca. Ya, pero cuéntame de una vez que weá te dijo el Luis.
– Pffff… ¡Qué no me dijo! Lo encuentro tan cara e raja. Tres weonas le he tenido que aguantar estos diez años. ¡Tres! Y claro, el weón, tan cara e raja que decía que yo era ataosa, cuática, que le hacía show… Voh cachay como estaba de enamorá cuando nos casamos, primera vez que me meto con alguien más. Antes de él había tenido un pololo. Weón ¡Un pololo! ¿Y me tuve que bancar el desfile? Pero yo era la cuática ¿Sabís que wea me dijo?
– ¿Qué poh?
– Maraca.
– Pero si los hombres siempre hacen esa wea…
– Maraca…
– ¿Y qué esparabay?
– Me dijo maraca…
– Igual la wea cara dura.
– ¡Si weón! ¡Cómo chucha tiene el descaro de decirme esa wea a mí! ¡Pero si el weón ni siquiera reconoce el cabro chico que tiene con la otra weona! ¿Y me dice maraca?
– Y ¿Qué le dijiste poh?
– Na… qué le iba a decir, me quedé callá poh. Fui a bañar a los niños, dejarlos acostados, preparar las mochilas… y cuando por fin terminó todo el weveo, me fui al balcón, me fumé un cigarro y me la lloré toa… maricón culiao. Ni siquiera me gusta el Marco, pero puta que me alegra habérmelo comío.

Oscuro sentir

Se derraman las palabras,
a borbotones la sangre
sin cuajar escurre, de los muertos,
de la muerte,
de lo que, como por decreto,
simplemente deja de ser.
Y lo que es,
el segundo que dura su belleza,
el perfume de lo recién nacido
enfila hacia el barranco del tiempo.
Ya está muriendo, solo muriendo.

Este oscuro mirar de atardeceres dorados
enturbiado por el paisaje de los basurales
clavados en cientos de miles de miradas
que no son la mía
¡Que injusticia!

Escupo al cielo

Y que me caiga en la cara
que me caiga cientos de miles de veces en la cara
antes que abrazar su monstruosidad arbitraria
de niños jugando a quemar hormigas
de ciegos manipulando la banca mundial.
De enterrar los pies en la arena
sonriendo como si nada.

El mundo balanceado en la risa de los idiotas
en el péndulo que mece todo
hasta hacerlo frágil, tiritando.
Pura alegoría que tuerce el sentido.
Una nausea.

¡Que se callen!

Que la mano invisible sirva
para darlos vuelta desde dentro
y les deje pensando,
llorando por alguien
que nunca han mirado a los ojos.
Todo ese mar allá a lo lejos,
esas lágrimas.

Espuela de Galán

Las mujeres a veces plantan
Espuela de Galán en sus patios traseros.
Renuevan con cada primavera sus fuerzas
para cargar el año en los hombros
y con cada nuevo rayo de sol matutino
templan sus pies de plomo y polvaredas.

Las mujeres a veces acostumbran
el morado del ojo a la mano pesada de sus machos.
Conocen los tonos de bases de maquillaje
y de labiales en las ropas trasnochadas.
Aprenden a sorber los mocos sin hacer ningún sonido
mientras las lágrimas ruedan por el escote.

Las mujeres  a veces pasan años
haciéndose a la idea de cruzar los puentes rotos.
Se cansan de los lentes de sol en épocas de lluvia
y de las murmuraciones de las vecinas.
Juntan silencio macilento entre comidas
y devoran el cielo entero con sus ojos cada madrugada.

Las mujeres a veces vacían todas sus máscaras
y se erigen inmutables, con paso firme.
Se marchan a escalar la montaña de sí mismas,
con puñados de semillas juntadas por décadas.
Lo primero que patean al partir,
es una maceta con Espuela de Galán marchita.

 

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