Toda vida importa

Cuando los que un día fueron esclavizados
alzaron la voz para decir que sus vidas también importaban,
que no era humano morir bajo permanente sospecha
entre palos y balas de sus esclavizadores de antaño,
no faltó la voz tan juiciosa y equilibrada, tan pacífica y santa,
que sin pensarlo dos veces ya tenía a flor de labios
la sentencia que borraba todo rastro de injusticia.

Toda vida importa.

Cuando las mujeres quemaron sus sostenes
y salieron a gritar a las calles,
para que ya los hombres dejaran de sacarle los ojos,
meterles las manos y los miembros por todo el cuerpo,
y culparlas por ello, y culparlas por todo,
y burlarse de ellas, y burlarles la vida.
porque ni  una menos.
No faltó el hombre justo y la mujer adecuada,
que tuvieran en la voz conciliadora y sensata,
como salto de resortera, nadie menos.

Toda vida importa.

Cuando dicen que toda, se cierra la escena de la vida
tras el telón de las palabras vaciadas y  prostituidas
y ya nadie ve, y ya a nadie le importa,
y podemos seguir con nuestras pequeñas vidas
asomados al titular matutino, como peatones a la vitrina
de las vidas que no importan, una vez más.
Y todo vuelve a estar en orden
porque podemos decirnos y repetirnos

Toda vida importa

.

El hombre incomprendido

Tuve veinte mujeres
por veinte años
todas bellas y dulces.

Tuve veinte mujeres
y mi pelo se volvió blanco
entre la soledad y el alcohol.

Todas las veinte lloraron
veinte veces sobre la almohada
en mi cama al rincón.

Tuve veinte mujeres
todas locas e histéricas
que me difamaron.

Las veinte al mismo tiempo
estuvieron ausentes
y me dejaron solo.

Ladrón que roba a ladrón

Traemos palabras porque todo lo demás ya nos fue robado

en nuestros bolsillos solo hay deudas y deudos

y un encendedor por si un cigarrito

y fumarnos las ganas de incendiarlos a ustedes

con sus lujos y alhajas

con su farsante estampa de superioridad

ganada con raspados de olla.

 

Nosotros solo soñamos con compartir el pan

y ustedes soltaron a sus perros demoniacos

a una persecución sin tregua sobre nuestra carne.

Las calles de cada ciudad y cada pueblo olieron a carne chamuscada

a perro rabioso cargando balas y lumas

a cuartel secreto de torturas.

 

Ahora  ustedes, SOQUIMecherros, PENTAladrones

con los bolsillos llenos de bancos suizos

quieren parecer ladrón que roba a ladrón,

y canjean su penitencia por un pasaje del transantiago.

 

Pero no somos iguales,

nosotros venimos con palabras como lirios

como sueños humanos y canciones tristes,

con palabras intraducibles en sus calculadoras.

Venimos con llamaradas iracundas

a escupirles nuestro desprecio

a levantar contra ustedes nuestro dedo sin montajes.

 

Traemos tanto trabajo en las manos,

tanta hambre de justicia,

tanto apaleo en las cuentas de fin de mes,

que nos bastará solo venir todos hasta sus casas

para que la espada de Damocles

termine lo que ustedes comenzaron.

 

Nos bastará esta palabra, multiplicada como espuma

porque ustedes no tienen vergüenza y nosotros sí.

Dolor de ignorancia

Me duele la poesía declamada entre poetas,
los libros apilados, adornando la casa de intelectuales.
Me asfixia la palabra en la boca, restada del mundo.
La palabra guardada para quien si la entienda.

Cuanto tormento se me viene sobre los hombros
cada vez que me atoro en respuestas no dichas.
Cada vez que me margina mi propia indiferencia,
que enmudezco y me vuelvo más ignorante.

Me duelen las conversaciones de bares.
Los sorbos de citas y paráfrasis enlutados.
La inmovilidad de beberse la impotencia
y brindar para olvidar lo que no hicimos.

Que pesadilla la distancia cuando se vive
como si comunicarse fuera lo mismo
que cruzar a nado y sin brazos
el más torrentoso de los ríos.

Me hunde hacia la nada indecible
el disfrute solapado de codearse con los eruditos.
La autocomplacencia de recibir sus elogios
por hilar cuatro frases de corrido.

Me duele la elevación que se respira
en aquellos cuartitos oscuros, de casas inasequibles.
Esos museos andantes que se repliegan en los rincones,
toda vez que no son puestos sobre una tarima.

Me trastorna vivir batallando por un lugar,
mientras mi tiempo deja de ser el tiempo de los otros.
Mientras pensar mundos posibles, se vuelve
un recurso para ganarse el derecho a la vida.

Me asquea el día en que me reconozco,
ignorando en los balbuceos rabiosos de otros,
a la idiota que escupió tales peroratas
y que hasta hoy escondo con vergüenza.

¡Cuánto aborrezco de mi misma por mis faltas!
Por faltarle a quienes me desafían con sus clamores.
Esos que suenan como ladridos de jaurías.
Que me arañan los oídos y las esperanzas.

Busqué tus ojos

Busqué tu foto, alguna fotografía tuya,
cualquiera para mirar tus ojos.
Encontré ese de Patton.
Estuvo hasta hace tan poco
entre las locuras de mis murallas.

No sirvió tenerlo, no sirvió arrugarlo en un basurero.

Acaso sabré buscar bien o no quise.
¿Qué destellos de tus ojos iba a encontrar?
Solo una vez lo vi todo, viendo todo el vacío,
la vez que vimos tus ojos y los míos.
Esos segundos para siempre.

No sirvió hacer como si nada esa tarde de la mesa azul.

Quería ver tus ojos con todas las palabras
escurriendo tras una represa fracturada
y un frio cristalizó mis dedos.
No iba a soportar verte
y encontrar nada más que unos ojos.

La amenaza de muerte

¿Qué morirá cuando te hayas muerto?
Amenaza con restarte al mundo,
al de los tuyos, al de los que,
debiéramos extrañarte y llorar.

Que gusto, que autocomplacencia,
depositar tus restos impávidos
bajo una lustrosa lápida.
Todos los muertos fueron buenos.

Que muerte aquella, la que,
misericordiosa, te oculte al fin,
bajo cien paladas de tierra,
ya sin deudas ni reproches.

Que muerte, esa que tranza,
ignominiosa, la vida misma
y evita toda una vida, sepultada,
bajo cien paladas de excusas.

Que muerte, gran teatro,
sin actor para ser redimido,
y sin público para aplaudir
o largar un honesto llanto.

¿Qué morirá cuando hayas muerto?
más que la amenaza de faltarnos.
Esa promesa desvalijada y lastimosa
que será tu único rastro.

Ojitos del olivar

Me quedé en desvelo silencioso mirando tu cuerpo dormido,
tus párpados quietos y tus manos laxas sobre las ropas.
Me quedé orillada del mundo respirándote de cerca
y oliéndote la vida.

Con el sudor entumecido salándome la boca
que partida a besos ahora te susurra una vez más…

Ojitos del olivar,
dónde sino en ellos extraviarme hasta el delirio.

Me detuve a latir contigo, a volar con tu sueño insondable,
a preguntarle a tus sienes serenas si acaso existen los milagros.
Me detuve en el vórtice gris del tiempo para arrojarme al vacío
y llorar por el último de los días.

Con la gruesa esperma entibiando el eco de mis gemidos
me volví mansa y suave como una nube, acurrucada.

Ojitos del olivar,
otra mañana aguarda para encender su infinito brillo.

.

.

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