Respecto a los dichos del profesor e historiador Gabriel Salazar

El mundo intelectual, académico y de las izquierdas en general, se ha remecido con las declaraciones ¿Desafortunadas? Del Premio Nacional de Historia y reconocido académico Gabriel Salazar, quien calificara como “estupidez” el actuar de académicos de la Universidad de Chile acusados de acoso sexual contra sus alumnas; de “desproporcionada” la sanción de expulsarlos de sus cargos tras la comprobación realizada por un comité encargado de la investigación del caso; “exagerada” la postura del estudiantado; una “psicosis” la reacción masiva en redes sociales virtuales; y de “pintiparada” a una de las víctimas y denunciantes, aludiendo a un supuesto estado psicológico que no se condeciría con la afectación esperada.

Muchas han sido las reacciones, que se desplazan entre la sorpresa, la indiferencia, la indignación, el ninguneo al académico o al contario, una defensa acérrima. Y es que es bien sabido que Gabriel Salazar es considerado uno de los intelectuales más relevantes y respetados en el ambiente académico por su prolífica obra crítica, que en sentido benjaminiano devela a contrapelo de la historia, las contradicciones que oculta la historiografía oficial chilena, poniendo de relevo junto a los aspectos tradicionales, tales como: la economía, las estructuras de poder o los hitos históricos constituyentes del estado de cosas actual, algo que los historiadores en general menosprecian y omiten, a decir, la voz del subalterno.

Ciertamente, lo garrafal de su error no implica en ningún caso deslegitimar su obra ni su brillante y lúcido trabajo académico en general, no obstante, tampoco podemos hacer la vista gorda en virtud de su prestigio y darle un trato de vaca sagrada incriticable. Es justamente debido a ese bien ganado prestigio que debemos ser muy cuidadosos en instarle a revisar esa postura sin dejar pasar lo que podría constituirse en un discurso anquilosado y mucho más difícil de remover. Si Salazar lo dijo, cualquiera queda automáticamente autorizado para reproducirlo. De ahí el peligro de dejar pasar. De ahí la insistencia en ser aún más rigurosos todavía.

Pero, ¿En qué consiste exactamente su error?

Una vez, charlando entre los pasillo de ARCIS, un amigo sociólogo me dijo, frente a la formulación de un seminario de Género y Feminismo propuesta por un profesor, del cual se dice que es homosexual -cuestión que no me consta ni incumbe en lo más mínimo- que: “ah, es que este gallo hizo ese seminario porque es maricón”. Bien sabido es que en ARCIS, un espacio reconocidamente crítico y de izquierda, lo preponderante en términos de contenido ha sido el marxismo y la lucha de clases y que temas como el género y el feminismo, si bien han sido profundamente tratados, no ha sido por el cuerpo académico general, sino por intelectuales de la talla de Nelly Richard o en su momento, María Emilia Tijoux, entre otras. Pero muy escasa vez, por hombres que forman parte de la elite académica. Este es precisamente el ambiente que fue propio a Salazar, quien al igual que Tijoux, fuera despedido en 2006 tras apoyar las demandas de los estudiantes en la histórica toma.

Mi respuesta a este colega fue. “¿O sea que tú eres marxista solo porque no tienes una empresa y no eres dueño de los medios de producción? Y yo que pensaba que te interesaba la justicia”. ¿A dónde me dirijo con esta mala anécdota? Se preguntará usted, o ¿Qué relación tiene con las afirmaciones de Gabriel Salazar? Y tiene todo que ver. El mundo de la academia constituye un campo de poder discursivo, que no solo se orienta en la dirección de dirimir en el posicionamiento del paradigma económico-político socialista/capitalista (si de ciencias sociales y humanistas hablamos), sino que se articula como un campo de poder constituido por una élite intelectual donde se dirime cuáles son las temáticas relevantes a ser consideradas como eje de problematización y cuáles quedan subordinadas a un lugar de menor relevancia, como asuntos menores, tanto en su impacto como significancia y al mismo tiempo, donde se define a los sujetos que están autorizados para participar de dichas discusiones y del establecimiento de esos clivajes. Dicho de otro modo, la academia está constituida por una élite que define quién puede hablar y de qué se puede hablar o que es relevante de ser hablado.

Para el caso de la izquierda chilena, esto ha tenido consecuencias graves, de modo que, muy malamente podrían dirigir esta crítica a aquella intelectualidad que deviene del academicismo de derecha, puesto que en ambos mundos, los sujetos autorizados para hablar siguen siendo los mismos y los temas relevantes también. A saber, hombres, blancos, provenientes de una élite cultural, intelectual y muchas veces también de clase social, por decir lo menos, acomodada. O, para el caso específico de la izquierda, posicionados por sus respectivas militancias políticas durante la dictadura o previamente a ella, lo cual resulta aún más criticable, especialmente pensando en la desastrosa y lamentable debacle del proyecto arciano. Desde dónde además, muy poco podrían criticar el cuoteo político partidista de la ex Concertación y hoy, Nueva Mayoría.

En este ordenamiento dado por dichas estructuras de poder, las problemáticas asociadas a la subordinación de la mujer, de las disidencias sexuales, de la población negra y la población indígena, han quedado subordinadas en relevancia a aquellas concernientes a la clase, dejando a estos sujetos históricos sometidos a una dolorosa doble subordinación. Qué cosas ¿No? Como si no nos bastara estar ya doblemente subordinadas por ser mujeres proletarias, o proletarios negros, o campesinos pobre, o mapuches pobres, etc. Y donde siempre puede ser peor, como la subordinación de una transexual, negra, pobre e inmigrante.

En esta dirección también resulta llamativo que esta élite intelectual, no sólo no haya sido capaz de reconocer la debida relevancia a cada uno de estos clivajes de dominación estructurales, sino que no haya sido capaz de poner en un cuestionamiento serio la legitimidad de los discursos preminentemente eurocéntricos que organizan el estatus del pensamiento académico e intelectual en el que han quedado acomodados para su reproducción. Es evidente que un giro decolonialista en las aulas obligaría a re pensar la relevancia relativa de cada uno de estos clivajes y sujetos políticos e históricos.

Es debido a todos estos factores que la respuesta de Salazar puede que resulte más bien acogida que criticada entre ciertos circuitos, al fin y al cabo, se basa más bien en una defensa gremial. Se trata de un colega, tal vez de un amigo, aquel que pierde su prestigio ganado con dificultad y sacrificio. No obstante, resulta inconcebible, para quienes no gozamos de tal condición privilegiada  (guste o no, se trata de un privilegio que hay que reconocer y auto vigilar) que una situación de tal gravedad sea minimizada al grado de referirse en términos tan degradantes y peyorativos, infantilizantes por cierto, en vez de hacer un análisis exhaustivo que considere las injerencias que en este problema tiene las estructuras de poder y las relaciones de poder que se establecen por una parte entre profesor y alumno/a o estudiante y, por otra, entre hombre y mujer. Suficientes como para que la denuncia de una estudiante sola nunca haya bastado para generar alguna sanción en estas prácticas, -que como bien reconoce, son del todo cotidianas y extendidas dentro del mundo académico- o algún cambio sustantivo en la dirección de soluciones efectivas para la evitación de tales comportamientos abusivos como práctica legítima, invisibilizada, escondida e inclusive, protegida institucionalmente, amparando la impunidad.

Molesta que en su análisis castigue a la reacción estudiantil, cuando es justamente debido a todo lo anterior que no les ha quedado otra alternativa que alzar la voz en su conjunto, como sujeto político, para que así y solo así, este tema adquiriera relevancia. Sin duda es lamentable la situación que tendrán que enfrentar ambos docentes tras su destitución de cargo y sus nombres enlodados, pero mucho más lamentable es que haya tenido que exponerse en prensa el caso y sus nombres para que la institución se hiciera cargo de lo que siempre debieron cautelar o que desde un principio, hayan actuado bajo algún supuesto de superioridad, derecho, impunidad o privilegio que les autorizaba a un abuso sobre estas jóvenes. Esos mismos supuestos que a usted le hacen pensar la acción como una simple estupidez.

La bandera sucia. Señales inequívocas para una ciudadanía de a pié.

Fotografía de Víctor Alegría Díaz  www.flickr.com/photos/victoralegriadiaz

Fotografía de Víctor Alegría Díaz
http://www.flickr.com/photos/victoralegriadiaz

Frente al palacio de La Moneda, aún flamea el paño tricolor de 18 x 27 metros que el 17 de septiembre de 2010, durante la gestión de Sebastián Piñera, fue instalado a propósito del cumplimiento del Bicentenario. Ahora, lejos de los festejos -mucho más grotescos que los del Centenario-, queda el recuerdo de la frase acuñada por el Ex Presidente “Esta es la Bandera de un Chile unido y de un Chile reconciliado”. Junto a este pronunciamiento, la cristalización de una inequívoca señal que proporcionaba la presencia en el acto, de los ex presidentes de la ex concertación, hoy “Nueva Mayoría” – Vieja Minoría- Patricio Aylwin, Eduardo Frei, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet: La derecha distanciada del conservadurismo UDI y la “centro izquierda” distanciada de la centro izquierda, tienen más en común de lo que quisiéramos admitir.

Ni tan unido, ni tan reconciliado, estaba ese Chile de las fotos para la prensa y quedaría muy claro con el incremento de los movimientos sociales que en el 2011 se tomaran las calles, los edificios emblemáticos de diversas instituciones y la agenda pública. Tanto así, que el imaginario de las celebraciones patrióticas del Bicentenario quedó sepultado en el 2013 tras el emerger inusitado del sentir colectivo, que a propósito de la conmemoración de los 40 años del golpe de Estado, desató una serie de ejercicios de memoria y de revisión del pasado reciente. El bombardeo de imágenes, pero también de recuerdos, miedos, dolores, angustias y cuestionamientos alrededor de una herida sin sanar, mostraron que debajo de la costra aún hay pus.

Pero no se trataba solo de una cuestión de mostrar imágenes de lo que pasó, sino de relacionarlas con lo inacabado en el presente. La investigación de la extraña muerte del ex Presidente Frei Montalva, la revelación que hace la ex Directora del Instituto de Salud Pública, Ingrid Heitmann, de la existencia de un cargamento de armas químicas masivas, en dictadura (toxinas butolímicas para eliminar a miles de personas) del cual se deshicieron en democracia, sin proceso judicial de ningún tipo; el tardío traslado de los presos de elite desde el lujoso penal Cordillera a Punta Peuco, el homenaje a Pinochet en el Teatro Caupolicán, la investigación acerca del asesinato a Víctor Jara, la viralización de la nómina de los médicos de la tortura, libres de todo proceso. Y sobre todo, la persistencia de una constitución antidemocrática, ratificada en sus mínimas modificaciones, por los mismos ex mandatarios de la foto. La impunidad y la intensificación del modelo, se mostraron con claridad, como los agentes infecciosos de la herida supurante.

En el trayecto cotidiano de la ciudadanía de a pié, también se pudo observar algo que ya no se veía en democracia y que nos recordó -aunque fuera de refilón- las violencias del estado de sitio pasado. El palacio de la Moneda rodeado de vallas papales, las calles aledañas con notorios contingentes policiales. La casa de gobierno se volvía inaccesible y transitar por las calles del centro cívico, una experiencia oscura, llena de reminiscencias. Todo tenía su correlato en la excesiva aplicación de violencia en las manifestaciones sociales: Abusos sexuales a colegialas por parte de carabineros, raptos a escolares, infiltraciones en las marchas, montajes, torturas al interior de los carros de detención, la aplicación de gases al interior de edificios, la implementación de balines a mansalva, la muerte de un joven por balazo policial (Tal como detalla el informe 2012 del INDH). Por otro lado, la visualidad televisada de las narrativas ministeriales de Hinzpeter y Chadwick para criminalizar la protesta social, bajo las figuras del terrorismo y la amenaza interna. Definitivamente, la herida no había sanado y aún no tiene cómo.

Ni tan unido, ni tan reconciliado este Chile de los aumentos de “un par de lucas” al sueldo mínimo y “un par de palos” a las dietas parlamentarias; del Transantiago que cobra mensual, poco más de un quinto del sueldo mínimo; este Chile con la mitad de gente trabajando por menos de 300.000 pesos líquidos, mientras estallan los casos de colusión de precios de las farmacias, colusión de los pollos o la estafa de La Polar.

Para fines del 2013, un gran momento auspiciaba a esa vieja minoría que había perdido su sitial de dos décadas, tras los experimentos fallidos y los escándalos de corrupción como el bullado caso MOP-GATE, abriendo el camino a una derecha poco creíble, pero alternativa al fin y al cabo: Piñera se había farreado la oportunidad. La estela de exabruptos que colapsaron las redes sociales virtuales a punta de Memes, fue la cara más risible de un gobierno que con escasa habilidad comunicacional y mucha claridad empresarial, por debajo lograba imponer sus estrategias de criminalización de las poblaciones pobres y especialmente de activistas, al costo de dejar la cancha en una extraña tabula rasa para el duopolio político, dónde la única figura que permaneció blindada y en el Olimpo de la ONU, Michelle Bachelet, ya preparaba su estrategia. El As bajo la manga: La entrada del P.C.

Era de esperarse que tras su salida -opacada por su ineficiente desempeño en la emergencia del terremoto-, la, en ese entonces, Directora ejecutiva de ONU Mujeres, junto a los alicaídos de su sector, organizaran un plan finamente elaborado para retomar el poder. Este debía cubrir varios flancos: En el financiamiento, tal como ya lo sabemos, la famosa cena en un yate de lujo con empresarios estadounidenses, organizada por el entonces Subsecretario del PNUD y actual Canciller Heraldo Muñoz, socavando nuestra soberanía e incurriendo en un acto lo suficientemente reprochable como para permanecer oculto; En términos comunicacionales, su aparición en una filmación de Steven Spielberg -en el contexto de su film acerca de Lincoln- mostrando su mejor faceta de estadista progre y sus primeras señales de vida luego de restarse completamente al quehacer político nacional; En el reencause de su posicionamiento estratégico-político visible -tras la traición al movimiento de los pingüinos del 2006 y su implementación de la ley antiterrorista al pueblo mapuche-, la elaboración de un programa presidencial que toma las demandas de los movimientos sociales vigentes para hacerlos propios; Y, la gran jugada legitimadora frente al grueso electorado perdido, la construcción discursiva de una nueva alianza política que acercara a la vieja Concertación de Partidos por la Democracia a los desplazados, incorporando en sus filas al Partido Comunista. Limpieza de nombre y desmarque del pasado.

Difícil reprocharle a ese escuálido cuerpo unísono que es el actual P.C. -sin Gladys Marín-, la sordera frente a las conminaciones de la diversa y fragmentada izquierda y sus intelectuales, que anunciaban los efectos de ese pacto, hoy claramente visibles, a tan solo un año de gobierno. Y es que, si sus argumentos doctrinarios son insuficientes, siempre podemos condolernos de su historia de proscritos y solidarizar con sus obedientes militantes que pululan en las bases con tanta tesón. Así y todo, lo que era obvio les cobra gran rechazo en las organizaciones sociales y políticas: Sin contar el repudio al oscuro manejo de ARCIS, su estrategia de partido -de su cúpula- que quería conocer el parlamento por dentro y las oficinas de la ANI, junto con legitimar el enroque de la vieja minoría, contribuyó a aplacar la movilización social, mientras se quedan impotentes viendo el desenlace triste de las reformas que no reforman o que acicalan sin tocar nada de fondo, pactadas directamente con los grupos económicos y la manipulación de la que son sujetos al interior de una coalición donde tienen menos peso que un “paquete de cabritas”.

Pero todo esto es parte de lo esperable en un país de conformistas. Bien sabemos que los escándalos son olvidados con el tiempo y que el electorado no duda en dar su voto a alguien como Sebastián Piñera, que se enriqueció con la compra inescrupulosa -tal como ocurre con el Banco de Talca a la CORFO en 1975- en dictadura, de las empresas rematadas del Estado de las nacionalizaciones de recursos y empresas de la Unidad Popular, una vez desmantelado. Del mismo modo que no dudan en dar su voto a Evelyn Matthei, olvidando el escándalo que causó el caso de espionaje telefónico que protagonizara en 1992. Y la ciudadanía, acostumbrada a los discursos de superioridad nacionalista por sobre la región, siempre viendo a Chile como un país de muy baja corrupción y una institucionalidad sólida, cuando Alberto Mayol aparece con su “derrumbe del modelo” cuestionando la legitimidad y solidez de la institucionalidad chilena actual y anunciando su crisis, reaccionó aturdida, como si les tirasen un balde de agua fría en la cara.

Entonces estalla el caso “Cascadas” por su impacto en el mundo de las AFP, instalando las primeras dudas sobre Piñera. Luego, viene el estallido del caso PENTA, destapando un pozo sin fondo de turbiedades que ha desparramado su lodo sin dejar títere con cabeza en la UDI y de pronto, como en una espectacular secuencia de caída de dominó, salta la arista Soquimich, descubriéndose los vínculos entre ambos casos y salpicando de confusión y razonable duda a toda la -mal denominada- “clase política” .Sobre la marcha, la noticia del tráfico de influencias de Dávalos y su esposa, en lo que se ha denominado el caso Caval o NueraGate. Ahora parece que todo en la política de los consensos y las coaliciones es algo Gate y que la corrupción moja desde el ex yerno de Pinochet hasta el mismísimo hijo de la Presidenta.

Un día cualquiera de este verano largo y caluroso, una va caminando por la Alameda pensando en estas cosas y se topa de nuevo con esa bandera enorme flameando en lo alto y de pronto algo parece que está mal, pero rápidamente adquiere todo el sentido del mundo. La bandera está sucia. Parece que no la hubiesen lavado nunca desde su puesta en escena. Digo, realmente sucia. Sin duda la instalación de esa monstruosa exhibición fálica, -tan compensatoria como el gesto de sentarse en el escritorio de Obama o la exhibición compulsiva del papelito de los 33 mineros-, daba cuenta de un intento por demostrar que, así como la imagen de la bandera rescatada del terremoto del 2010 -ridículamente nominado 27-F, a la usanza yanqui- representaba la destrucción de una etapa (la Concerta) y su fracaso, tal paño podría representar la era de la eficiencia del gobierno de “los mejores”.

Pero que distinta se ve la bandera nueva ondeando por las pantallas de televisión en cadena nacional, comparada con este trapo inmundo mirado desde la vereda. Al menos la otra bandera fue arrasada por un fenómeno natural, ante el cual buena suerte o mala suerte, mejor o peor preparados, estamos históricamente sujetos como país sísmico. Pero el trapo sucio del Bicentenario, más parece ser la bandera correctamente puesta en el sitio que corresponde. Bien sucia y bien alto, ondeando sin que a nadie extrañe demasiado. Si somos bien honestos, no deberíamos estar tan sorprendidos, porque -siguiendo con las analogías- aquí la mugre se esconde bajo las alfombras y para que nadie suponga que habría que revisar por si acaso bajo ellas, se eligen bien finas y elegantes, lo que sabemos, cuesta bien caro.

No debiéramos sorprendernos y da lo mismo si esa mugre responde a un descuido que contrasta con las fuentes y luces de colores de la nueva fachada inaugurada en el presente periodo Bachelet, o a qué se deba ese descuido. Esta es la bandera que nos merecemos, hoy, ni tan unidos, ni tan reconciliados. Un muy buen símbolo de nuestra realidad política y de la mugre que sigue infectando la herida. Si queremos una distinta, es indispensable dejar de poner el poder en bandeja en sus manos, e ir de una vez por todas por lo que es nuestro, por el poder constituyente. Construir un Chile mejor es una tarea difícil, titánica más bien, pero solo es posible si la hacemos nosotros, la ciudadanía de a pié. Si somos capaces de pararnos bajo esa señal inequívoca y seguir de largo como si nada, entonces, de nada valen las quejas y mejor nos sobamos “pa’ callao” la herida. Nos aguantamos la bandera sucia en la Moneda sucia, nos aguantamos los sueldos miserables y las deudas, nos aguantamos el duopolio en las próximas elecciones y las condenas a cursos de ética de nuestros estafadores. Si queremos algo distinto, hay que arriesgarse un tantito, pero no hay de otra. Si no me cree, pregúntele a nuestros hermanos mexicanos, lo que ha significado tener al PRI y seguir creyéndole.

Un amigo y colega me dijo: “Bachelet es lo más cercano que vamos a tener a un Mujica”. Yo no puedo conformarme con eso, ya me banqué toda la dictadura y el continuismo de la Concertación ¡Quiero mi propio Allende! y mientras existan, algo así como “Gabrieles Borics” (solo es un ejemplo como hay muchos, pero menos conocidos/as) dispuestos a estar donde las papas queman, a meter las manos en el trabajo efectivo sin someterse al duopolio político, mientras exista ciudadanía dispuesta a salir a las calles, a ir al parlamento y a las organizaciones sociales o a los lugares donde sea que se estén discutiendo estas cosas para generar los cambios, a promover una Asamblea Constituyente y las ideas de transformación indispensables, todavía existen posibilidades de un día pararnos como ciudadanía frente a una Moneda que nos refleje un sentido de pertenencia. Y solo entonces sanará nuestra herida.

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