De partir partiendo

Me voy a la ciudad cruzada por cuatro ríos
Allá la cuarta historia me espera, como un cofre.
No de aquellos que juntan polvo, sino de los que siempre,
se abren y cierran con lo nuevo y lo antiguo.
Me voy a la cuarta historia que cierra el círculo
del tiempo, ese mío, nuestro, sueño ancestral,
de mariposas amarillas en Macondo.
Ciclos lunares, solares, infinita vida y muerte
contenida en fragmentos resistentes.

Me voy a la ciudad de los cuatro ríos
cruzada por la sensación de una sequía
larga y densa que termina. Me voy de ella.
Me permito dictar el inicio de las grandes cosechas
levantando mi brazo con el dedo índice,
lejos de las miradas de los otros
los de siempre, los que ponen su dedo sobre mí.
Sacaré mi cuerpo marcado, como un blanco de tiro,
Y me lo llevaré lejos, flotando leve.

Me voy firmando cuatro renuncias voluntarias
a la prisión que me jala por los cuatro puntos
cardinales, generacionales, nacionales, irracionales
Me voy, abandonando esta muda de piel
que les dejo para los reclamos y las recriminaciones
de quienes me tuvieron y querían otra cosa de mí.
De los tantos hijos que no he parido, y me lloran.
Me voy liviana y sin deudas, liviana y sin promesas.
Me voy para mí, por primera vez, y canto.

Me voy partiendo de mí y de lo que duele
dejar de abrazar, como naufrago a un madero.
Me voy de quienes llegaron a conocerme
y me han amarrado a este mundo en medio
de grandes tormentas y en pleno desierto
aliviaron mi sed hasta el amanecer.
Me voy de necesitarles, en las cuatro estaciones.
Parto, y para partir, parto,
llevando lo que quepa en el bolso de mano.

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Para hacer brotar perlas

Hay que cultivar la delicada capa,
filtro de sol matutino
que envuelve acariciante
cuan hilo de seda, a la amada.

Y no este fusil atravesado
en la garganta que escupe
fuego nocturno en la cima
iracunda de la historia.

Perlas nacaradas, ámbar dulce,
sueño grácil de amapolas,
a la orilla de los causes,
a la espera del rocío.

Y no un delirio de justicia,
devenir muertos vivientes
asomados a la balacera
imaginando mundos distintos.

Para hacer brotar las palabras
como perlas de los arrecifes
hay que desviar la mirada
con la ceguera de los iluminados.

Partida en dos

Digo estar partida en dos,
pero junto los pedazos porfiadamente.
Los pego con cinta adhesiva,
los hago convivir a la fuerza.
Las dos sangres transitando las mismas venas
Ahogándose la una en la otra.

Como los gatos y su huida a los tejados,
las revueltas nocturnas de arañazos y mordiscos,
la saliva, el semen, la acequia basural.
El tazón de leche tibia en la alfombra.
Siempre vuelven a su lugar
que es adentro y afuera.

Como el país que me cobija y me expulsa
y su hacer de explotadores y vencidos.
Allá el hambre amordazada de cuotas
entre paisajes grises y polvorientos.
Allá en la cúspide el lujo amurallado
en paraísos fiscales verdes, como un edén.

Partida en dos abrazo el mundo
y lo devuelvo asqueada y triste.
Salgo a encontrarlos y me escondo
en la noche larga de la espera.
Pregunto por las huellas de los humildes
y desnudo sin pudor a sus ídolos.

Partida en dos acaricio mis manos
que han caminado entre lo mortal
y lo sublime de la carne viva,
para ser olvidadas y olvidar
las guardo en los bolsillos
de las horas apacibles.

Pero junto los pedazos porfiadamente
los hilvano en verso cantado al oído,
que saluda a la muerte desde el amanecer.
Todavía me quedan unas cuantas páginas
para arrojarle al viento, sin más tinta
que las lágrimas de este engendro.

Oscuro sentir

Se derraman las palabras,
a borbotones la sangre
sin cuajar escurre, de los muertos,
de la muerte,
de lo que, como por decreto,
simplemente deja de ser.
Y lo que es,
el segundo que dura su belleza,
el perfume de lo recién nacido
enfila hacia el barranco del tiempo.
Ya está muriendo, solo muriendo.

Este oscuro mirar de atardeceres dorados
enturbiado por el paisaje de los basurales
clavados en cientos de miles de miradas
que no son la mía
¡Que injusticia!

Escupo al cielo

Y que me caiga en la cara
que me caiga cientos de miles de veces en la cara
antes que abrazar su monstruosidad arbitraria
de niños jugando a quemar hormigas
de ciegos manipulando la banca mundial.
De enterrar los pies en la arena
sonriendo como si nada.

El mundo balanceado en la risa de los idiotas
en el péndulo que mece todo
hasta hacerlo frágil, tiritando.
Pura alegoría que tuerce el sentido.
Una nausea.

¡Que se callen!

Que la mano invisible sirva
para darlos vuelta desde dentro
y les deje pensando,
llorando por alguien
que nunca han mirado a los ojos.
Todo ese mar allá a lo lejos,
esas lágrimas.

Espuela de Galán

Las mujeres a veces plantan
Espuela de Galán en sus patios traseros.
Renuevan con cada primavera sus fuerzas
para cargar el año en los hombros
y con cada nuevo rayo de sol matutino
templan sus pies de plomo y polvaredas.

Las mujeres a veces acostumbran
el morado del ojo a la mano pesada de sus machos.
Conocen los tonos de bases de maquillaje
y de labiales en las ropas trasnochadas.
Aprenden a sorber los mocos sin hacer ningún sonido
mientras las lágrimas ruedan por el escote.

Las mujeres  a veces pasan años
haciéndose a la idea de cruzar los puentes rotos.
Se cansan de los lentes de sol en épocas de lluvia
y de las murmuraciones de las vecinas.
Juntan silencio macilento entre comidas
y devoran el cielo entero con sus ojos cada madrugada.

Las mujeres a veces vacían todas sus máscaras
y se erigen inmutables, con paso firme.
Se marchan a escalar la montaña de sí mismas,
con puñados de semillas juntadas por décadas.
Lo primero que patean al partir,
es una maceta con Espuela de Galán marchita.

 

.

Guerra de la mujer y la madre

 

La mujer y la madre que me habitan

batallan con fiereza la una contra la otra.

Puedo decir que no se soportan,

pero han llegado a pactar a mis espaldas,

alguna tregua.

Ambas son fuertes y poderosas,

saben golpear a la otra donde más le duela.

Así ninguna somete a la otra, y logran,

incluso a veces, no estorbarse demasiado.

Otras, no llegan a acuerdo, se acusan mutuamente

de egoísmos y necedad.

Pueden pasarse noches enteras sin dejarme dormir.

 

La mujer clava sus banderas a distancia

de privacía, silencio y soledad.

La madre las derriba como si no las viera

con el atropello de sus relojes, calendarios y rutinas.

Instala sus obligaciones y juicios morales

como reemplazo y la mujer se burla sin disimulo.

Hace fiestas, ventila el cuerpo y el deseo,

mientras la madre le tapa la boca para ahogar sus gemidos.

 

La mujer que me habita tiene sueños locos,

como aquel de levantarse una mañana cualquiera,

tomar unas pocas pertenencias y sin contarle a nadie,

arrojarse al primer bus que la lleve muy lejos, para siempre.

La madre, que tiene metida a fuego la idea

de la abnegación incondicional,

al intuir tal desliz,

finge por un tiempo que no la vigila más

hasta que se calme y se sienta a sus anchas.

Deja de criticarla cuando bebe, cuando duerme,

cuando se masturba o respira demasiado liviana.

 

La mujer tiene su vista permanente en un afuera

se deslumbra con facilidad con las luces y sombras

y atrae con su libertad al mundo entero.

La madre cierra su pequeño círculo

dejando afuera todo lo peregrino

tras las férreas barreras de su cárcel.

Comprueba cerrojos, esconde las llaves.

La mujer tuerce los barrotes y se vuelve un pájaro.

 

A veces es la madre la compungida.

Se arroja sobre un precipicio de castigos,

Y se lacera horriblemente con recriminaciones.

Nunca nada es suficiente para ella.

Y los hijos, saben manipularla demasiado bien

poniéndole encrucijadas imposibles.

Ahí la mujer se conmueve hasta lo indecible,

la rescata del fosos profundo y le cura,

la zamarrea un poco, le recuerda cada sacrificio

le regala armas para las nuevas batallas

que librará en lo futuro.

Se ofrece de aliada para doblegar al enemigo.

 

Cuando la madre se recupera

arremete con todas sus fuerzas,

pone morzadas, vendas y bozales a la mujer

para que no devele sus secretos.

No puede asumir que tenga algún flanco débil.

La mujer permanece a oscuras, inmóvil, asfixiada

Y termina desatando los monstruos del averno.

Rompe y quema, triza y rasga,

Se raja la garganta desde la boca al estómago

con las palabras más soeces y brutales

que encuentra en su repertorio.

 

Y así se la llevan, día y noche,

Mes a mes, año a año, la vida entera.

Solo de vez en cuando coinciden

en una sonrisa compartida.

Tras algo que parece una victoria mutua

y que yo no alcanzo a entender.

 

.

 

El mundo me camina

Me veía los pies descalzos
entre cemento y espinas,
con las manos haciendo surco,
los muslos y brazos agotados
recorriendo errabunda.

Me veía desnuda,
despojada de vestidos,
soñando y despierta,
abrazando el mismo frío.
El sueño no era otro
sino ese delirio ingenuo.

Me veía desnuda
y siempre estuve
vestida de mundo.
Me veía descalza,
mientras, los zapatos,
simplemente eran pobres.
Y eso era calzar
en el lugar que el mundo
designó para mí y los míos.

Me veía buscando camino
mas, siempre anduve en alguno
de los trazados
desde mucho antes
de mi nacimiento.

Me veía intentando llegar al camino
creyéndome afuera,
ignorando que en cada paso
el camino hacía carne de sí,
en las plantas de mis pies
y se ensanchaba
hasta hacerse invisible en el horizonte,
con cada gota de sudor
que me arrebataba.

Me veía buscando camino
y cuando alcé la cabeza
cuatro décadas completas
con sus hijos y nietos,
con sus frutos y raíces,
no eran más que sombra
de pupilas ausentes,
recorridas por el mundo.

Me vi buscando el camino
todo el tiempo que su monstruosidad
me vestía de mordazas
y grilletes relucientes.
Me dibujaba signos indelebles
en el pecho y la frente.

Debía dejarme consumir por él,
hasta no ser más
que una traza de polvo
dibujada en su lecho,
para sacudir su sino
y reventar sus marcas
una a una.

Me veía buscando el camino
y mis miembros regados,
botín náufrago,
escuálida huella inerme
diseminada y subsumida,
recién se preguntan,
cómo salir de él.

 

.

 

 

 

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