Espuela de Galán

Las mujeres a veces plantan
Espuela de Galán en sus patios traseros.
Renuevan con cada primavera sus fuerzas
para cargar el año en los hombros
y con cada nuevo rayo de sol matutino
templan sus pies de plomo y polvaredas.

Las mujeres a veces acostumbran
el morado del ojo a la mano pesada de sus machos.
Conocen los tonos de bases de maquillaje
y de labiales en las ropas trasnochadas.
Aprenden a sorber los mocos sin hacer ningún sonido
mientras las lágrimas ruedan por el escote.

Las mujeres  a veces pasan años
haciéndose a la idea de cruzar los puentes rotos.
Se cansan de los lentes de sol en épocas de lluvia
y de las murmuraciones de las vecinas.
Juntan silencio macilento entre comidas
y devoran el cielo entero con sus ojos cada madrugada.

Las mujeres a veces vacían todas sus máscaras
y se erigen inmutables, con paso firme.
Se marchan a escalar la montaña de sí mismas,
con puñados de semillas juntadas por décadas.
Lo primero que patean al partir,
es una maceta con Espuela de Galán marchita.

 

.

Guerra de la mujer y la madre

 

La mujer y la madre que me habitan

batallan con fiereza la una contra la otra.

Puedo decir que no se soportan,

pero han llegado a pactar a mis espaldas,

alguna tregua.

Ambas son fuertes y poderosas,

saben golpear a la otra donde más le duela.

Así ninguna somete a la otra, y logran,

incluso a veces, no estorbarse demasiado.

Otras, no llegan a acuerdo, se acusan mutuamente

de egoísmos y necedad.

Pueden pasarse noches enteras sin dejarme dormir.

 

La mujer clava sus banderas a distancia

de privacía, silencio y soledad.

La madre las derriba como si no las viera

con el atropello de sus relojes, calendarios y rutinas.

Instala sus obligaciones y juicios morales

como reemplazo y la mujer se burla sin disimulo.

Hace fiestas, ventila el cuerpo y el deseo,

mientras la madre le tapa la boca para ahogar sus gemidos.

 

La mujer que me habita tiene sueños locos,

como aquel de levantarse una mañana cualquiera,

tomar unas pocas pertenencias y sin contarle a nadie,

arrojarse al primer bus que la lleve muy lejos, para siempre.

La madre, que tiene metida a fuego la idea

de la abnegación incondicional,

al intuir tal desliz,

finge por un tiempo que no la vigila más

hasta que se calme y se sienta a sus anchas.

Deja de criticarla cuando bebe, cuando duerme,

cuando se masturba o respira demasiado liviana.

 

La mujer tiene su vista permanente en un afuera

se deslumbra con facilidad con las luces y sombras

y atrae con su libertad al mundo entero.

La madre cierra su pequeño círculo

dejando afuera todo lo peregrino

tras las férreas barreras de su cárcel.

Comprueba cerrojos, esconde las llaves.

La mujer tuerce los barrotes y se vuelve un pájaro.

 

A veces es la madre la compungida.

Se arroja sobre un precipicio de castigos,

Y se lacera horriblemente con recriminaciones.

Nunca nada es suficiente para ella.

Y los hijos, saben manipularla demasiado bien

poniéndole encrucijadas imposibles.

Ahí la mujer se conmueve hasta lo indecible,

la rescata del fosos profundo y le cura,

la zamarrea un poco, le recuerda cada sacrificio

le regala armas para las nuevas batallas

que librará en lo futuro.

Se ofrece de aliada para doblegar al enemigo.

 

Cuando la madre se recupera

arremete con todas sus fuerzas,

pone morzadas, vendas y bozales a la mujer

para que no devele sus secretos.

No puede asumir que tenga algún flanco débil.

La mujer permanece a oscuras, inmóvil, asfixiada

Y termina desatando los monstruos del averno.

Rompe y quema, triza y rasga,

Se raja la garganta desde la boca al estómago

con las palabras más soeces y brutales

que encuentra en su repertorio.

 

Y así se la llevan, día y noche,

Mes a mes, año a año, la vida entera.

Solo de vez en cuando coinciden

en una sonrisa compartida.

Tras algo que parece una victoria mutua

y que yo no alcanzo a entender.

 

.

 

El mundo me camina

Me veía los pies descalzos
entre cemento y espinas,
con las manos haciendo surco,
los muslos y brazos agotados
recorriendo errabunda.

Me veía desnuda,
despojada de vestidos,
soñando y despierta,
abrazando el mismo frío.
El sueño no era otro
sino ese delirio ingenuo.

Me veía desnuda
y siempre estuve
vestida de mundo.
Me veía descalza,
mientras, los zapatos,
simplemente eran pobres.
Y eso era calzar
en el lugar que el mundo
designó para mí y los míos.

Me veía buscando camino
mas, siempre anduve en alguno
de los trazados
desde mucho antes
de mi nacimiento.

Me veía intentando llegar al camino
creyéndome afuera,
ignorando que en cada paso
el camino hacía carne de sí,
en las plantas de mis pies
y se ensanchaba
hasta hacerse invisible en el horizonte,
con cada gota de sudor
que me arrebataba.

Me veía buscando camino
y cuando alcé la cabeza
cuatro décadas completas
con sus hijos y nietos,
con sus frutos y raíces,
no eran más que sombra
de pupilas ausentes,
recorridas por el mundo.

Me vi buscando el camino
todo el tiempo que su monstruosidad
me vestía de mordazas
y grilletes relucientes.
Me dibujaba signos indelebles
en el pecho y la frente.

Debía dejarme consumir por él,
hasta no ser más
que una traza de polvo
dibujada en su lecho,
para sacudir su sino
y reventar sus marcas
una a una.

Me veía buscando el camino
y mis miembros regados,
botín náufrago,
escuálida huella inerme
diseminada y subsumida,
recién se preguntan,
cómo salir de él.

 

.

 

 

 

Pleito lunar

 

Algo tiene en contra de mí la luna

que girando sobre su eje,

justo antes de tocar su punto más alto,

y encontrarnos cara a cara,

me alcanza a herir irremediablemente.

 

Traspasándome  tan profundo

con la pena universal,

que esta se clava en mi garganta

y se me hunde hasta las entrañas

donde algo frágil se rompe.

 

Luego de los tres días que tardo,

en recuperarme de su estocada,

la ignoro, como venganza estoica.

Por eso puede, volver contra mí,

con cada giro de su danza.

Cavernaria

Ni dentro de la cueva ni fuera de ella,

hay lugar para un paisaje honesto.

Porque hacer, es partir hacia ninguna parte,

como si se conociera un destino próximo,

y quedarse, es solo perecer.

 

Me perderé dentro de este laberinto

en que la historia arrincona a los hijos de la melancolía,

toda temblorosa con mis preguntas,

sin diferenciar miedo de hastío,

con la luz tenue para que nada queme mis pupilas.

 

Con el cuerpo aclimatado a las ropas,

al té hirviendo, a todo lo que haga olvidar el frio,

me dejaré envolver en las penumbras

sin oponer ninguna resistencia a este sucedáneo de paz.

Partida en dos, me quedaré ausente.

 

Ni dentro ni fuera estoy entera,

cada día algo es traicionado y alguien llora,

cada año está más lejos el sol y alguien ya no llora más.

Las hojas vuelven a caer, pero esta vez no se verlas,

mis ojos se han extraviado en el ciclo eterno.

 

No me atrevo a interrogar siquiera

por el valor de una batalla, una vez perdida.

Antes de partir, el héroe abraza la tragedia,

y al amanecer ya ha olvidado sus plegarias.

Solo los niños pueden perdonar a Dios.

Ladrón que roba a ladrón

Traemos palabras porque todo lo demás ya nos fue robado

en nuestros bolsillos solo hay deudas y deudos

y un encendedor por si un cigarrito

y fumarnos las ganas de incendiarlos a ustedes

con sus lujos y alhajas

con su farsante estampa de superioridad

ganada con raspados de olla.

 

Nosotros solo soñamos con compartir el pan

y ustedes soltaron a sus perros demoniacos

a una persecución sin tregua sobre nuestra carne.

Las calles de cada ciudad y cada pueblo olieron a carne chamuscada

a perro rabioso cargando balas y lumas

a cuartel secreto de torturas.

 

Ahora  ustedes, SOQUIMecherros, PENTAladrones

con los bolsillos llenos de bancos suizos

quieren parecer ladrón que roba a ladrón,

y canjean su penitencia por un pasaje del transantiago.

 

Pero no somos iguales,

nosotros venimos con palabras como lirios

como sueños humanos y canciones tristes,

con palabras intraducibles en sus calculadoras.

Venimos con llamaradas iracundas

a escupirles nuestro desprecio

a levantar contra ustedes nuestro dedo sin montajes.

 

Traemos tanto trabajo en las manos,

tanta hambre de justicia,

tanto apaleo en las cuentas de fin de mes,

que nos bastará solo venir todos hasta sus casas

para que la espada de Damocles

termine lo que ustedes comenzaron.

 

Nos bastará esta palabra, multiplicada como espuma

porque ustedes no tienen vergüenza y nosotros sí.

Camaradería

Camaradería

Me gusta la camaradería,
los encuentros de copas que se llenan mil veces
entre versos, citas, corolarios.

Ya me saqué de encima los adornos,
me lavé la cara, me puse de cabeza a leer,
me envolví de silencio para dejar adentro,
libres y sueltos los gritos
y también los murmullos.

Yo busco la idea, voy tras ella.
Tras de mi corre el romanticismo
y yo le huyo, como alma al diablo.
Le huyo, su melosidad me da escalofríos,
huyo hacia la idea y ella
siempre tiene algo que decirme.

Los gritos ajenos,
están cercándome en la noche
a veces, incluso en pleno día,
¡Qué poca noción del otro!
¿Qué figura espectral se les aparece tan diáfana?
Acaso yo misma, ignorada de mi,
inventada por otros
y a fuerza de la firma
de su genio y figura,
más viva y nítida que yo
y más asible, más verdadera.
Retiro esa máscara y me plantan otra y otra,
que es siempre la misma.

Yo huyo a refugiarme en un trazo de pintura,
en las páginas de los libros,
en una pieza musical antigua,
en un canto de violines.

Me ofrecen el pecho como moneda de cambio
y el sexo por refugio.
Entonces corro hacia mí,
mi refugio no está allá,
no es de carne ni de promesas
sino justo aquí mismo,
soy yo misma
eligiendo un trazo de pintura,
unas páginas de libro,
una pieza musical antigua,
un canto de violines.

Me gusta la camaradería
la hayo a poquitos, escondida entre juergas,
casi siempre vuelvo a tropezar en ella,
con cumplidos y frasecitas melosas.
Levanto mi copa, solitaria
y naufrago en argumentos.

Anteriores Entradas antiguas

chojesus

Poesias y pensamientos

El Quinto Patio

Mi espacio personal, la dimensión de mi pensamiento crítico. Nada del otro mundo...

la llaga

POESIA EXPUESTA

Ciencias Libertarias

Cada descubrimiento, cada progreso, cada aumento de la riqueza de la humanidad, tiene su origen en el conjunto del trabajo manual y cerebral, pasado y presente. Entonces, ¿qué derecho asiste a nadie para apropiarse la menor partícula de ese inmenso todo y decir: «Esto es mío y no vuestro»? Piotr Kropotkin

El Quinto Patio

Un vistazo a la realidad, en pocas palabras...