Preguntas extrañas

Que si me indispongo, preguntaste.
Y sí, me indispongo.
Pero mucho más, mucho más menstrúo.
¿Quieres saber de mi sangre?
¿Abundante, olorosa y caliente?
¿Manando de mi cuerpo?
¿Corriendo por mis piernas?
¿Doliéndome en la carne?
¿Diluyéndose en el agua?
¿Escurriendo por el mundo?
¿Y qué harías con ellas, si mi presencia,
ausencia interrumpida, no hubiese querido,
que ni un solo beso rojo,
te dejara anclado a tus sábanas
como recuerdo de una noche furtiva?
¿La beberías gozosamente,
hasta embriagarte y volverla arcadas?
¿La esparcirías con tus dedos
por tu piel y la mía, en el ritmo estésico
con que las yemas se clavan en los muslos
escalando al gran suceso?

Tú estás casi siempre…tan indispuesto.
Con una disposición tan mínima
tan frágil, tan esporádica y disimulada
y una indisposición tan inequívoca,
justo ahí en tus ojos, que no miran nada.
Una indisposición de los años, es la excusa,
de la vida, la pregunta,
de la historia, el reclamo insípido.
Y ni tus años, ni tu vida, ni tu historia,
valen tu indisposición cobarde.

¿Te quedarás ahí, solitario,
adoleciendo lo solo de la soledad?
¿Exhibirás con una falsa sonrisa
tu orgullo rescatado?
¿Esgrimirás razones adornadas?
¿Te autoconvencerás con un categórico
“no necesito”?
¿Le dirás al espejo que aún queda tiempo,
mientras afeitas tu barba,
cada vez más blanca?
¿Soltarás finalmente, algún comentario irónico,
gastado, quejumbroso, risible?

Pero no llamarás para decirme, simplemente,
quiero verte, ahora, hoy, sin tardanza,
ven que te quiero.
No me dirás a plena luz del día y plena lucidez,
dame la mano y acompáñame.
No me envolverás con un beso que desborde la boca,
cuando la conciencia, altanera,
no cese de reclamar cordura victoriana.

Pero en tu boca si cabe preguntar
¿Y tú no te indispones?
Y yo, que soy fuego indómito,
y que en las fiestas del cuerpo
me elevo más allá de mi materialidad,
me expando y me diluyo,
desaparezco y renazco,
como en un juego de máscaras,
animal y divino, mutante y trastornado,
vital y exiguo, enajenado.
Yo que sangrante pondría al centro del rito
todo mi cuerpo, mi aliento y mi sangre
a bailar con tus ángeles y tus demonios,
a aullar a tu cuarto menguante,
como si la vida toda dependiera de un solo grito,
o de un susurro cálido y espumoso
que se desvanece con los segundos…
y cada célula, estallando, plegada al universo,
toda plástica y dúctil, diminuta y eterna,
convocando a la animalidad misma,
instintiva e ignorante, impúdica, abierta,
generosa, como solo ocurre con la sangre,
se dejaría volver la pintura de tu trazo,
la explosión multicolor que se derrame
por las paredes lámparas y pisos,
que envuelven el santuario de tu cama.
Ahí abriría paso a los gemidos,
que aún, después de tanto, te son ajenos,
los dejaría a todos sueltos y libres
rebotar contra tus sentidos anhelantes
y tus lienzos hermosos bailarían con nosotros
la danza orgiástica de la sangre
en la cópula advenediza de lo inabarcable
que se estrella una y otra vez estrechamente,
frenéticamente, rítmicamente, inconscientemente,
enamoradamente, íntimamente, tiernamente,
suavemente, susurrantemente,
hasta caer, al infinito, sin límites ni fin,
del tiempo y del espacio, perdidos, perdidos,
maravillosamente perdidos.

Y tal vez, tal vez, tal vez sucederá
y tal vez no ha sucedido ni suceda,
porque cuando el alcohol nos abandone,
y los últimos vestigios de nochedad
trasnochada y oscura, den paso al alba,
cuando la euforia sea sepultada,
por la pesadez y una gran resaca,
cuando te diga con la ropa puesta
que el camino me espera y llama,
se cerrará rotundamente un denso abismo
y yo no seré capaz de soportar nuevamente
tan estática e inquebrantable,
justo en tus ojos que no miran nada, tan inequívoca,
tu indisposición declarada.

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