Dialéctica de la madre y el hijo

Segundo a segundo la vida abriéndose paso
nos lleva por caminos recorridos millones de otras vidas
desde edades inconmensurables.
Hijos haciéndose al mundo desde los úteros florecidos,
expandiéndose ellos mismos célula a célula,
hasta desbordar las matrices y pender de un hilo.

Dolor, dulzura, amor, pérdida, nacimiento.
La muerte del feto, la vida del crio.

Bocas asidas a las tetas lechosas y tibias,
cuerpecitos envueltos de brazos arrulladores.
Ojos que se enfrentan con el mundo.
Ojos que miran esos ojos, iluminándose.

“Los hijos son prestados”, un día me dijeron
y yo solo veia sangre de mi sangre. ¡Mío!

Pero el mundo es el mundo, y el mundo tuyo,
nada dice de los colores con los que yo lo pinté en tu pieza de niño.
“Todas las hojas son del viento”, cantaba Spinetta.
Lo entendemos los hombres, ¿Lo entiende el árbol?

Manitas jalonadas por unos pasos largos
a tropezones a rodar por los caminos,
antes a la siga y más temprano que tarde,
extraviados entre luces y sombras, ya sin guía.

El mundo es ancho y basto a la medida de pies grandes
mucho más allá de “donde mis ojos te vean”.

¿Que dicen de tí las fotos que insisto en colgar en la muralla?
Dicen que los ojos, que miraban esos ojos,
los mismos que te miran ahora,
no han dejado de mirarte, mirando el mundo.

Podría decirte, como me dijo mi madre,
y a ella su madre, y a ella su madre,
“cuando seas padre, lo comprenderás”
Y siendo verdadero, como era para ellas,
y es para mi justo este día, no lo comprenderás,
hoy, como yo tampoco comprendí.

Podría decirte a la misma usanza,
“esto que hago, lo hago por tí y me duela más a mí”.

Tomo las tijeras de las madres,
esas que un día descubrimos como una muerte almidonada
en algún rincón oculto de la vida
y corto nuestro cordón umbilical.

Te libero hijo y me libero madre,
para que seas un hombre en el mundo
que mis ojos no tienen como reconocer
y yo no sufra más, que no veas mi mundo.

Dejo de una vez y para todas de criarte,
te dejo con ello, que me vuelvas una otra madre.
La teta mía también tiene que aprender a no necesitar tu boca.

Ensayo una nueva forma de amarte:
Te libero para ser libre, me libero para liberarte.

Te reconozco hombre libre en el mundo que ven tus ojos
y desde mis ojos que abrazan el recuerdo fragmentado,
como un igual te veo levantar tu propio vuelo.

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De la violencia simbólica al abuso en el contexto escolar

 

Para pensar en el abuso infantil en el contexto escolar, partimos de un supuesto que indica que se presentaría como una anormalidad institucional, pero ¿Qué pasa si ese supuesto queda en cuestión?

El abuso solo tiene cabida en una relación de distribución de poder desigualitaria. Independientemente de su legitimidad, este constituye uno de los aspectos más fundamentales en todo tipo de relación y a distintos niveles de ella. Esta asimetría relacional, que podría implicar un sentido de responsabilidad, apropiación, dominio, o incluso de posibilitación para el abuso, es observable por ejemplo en las dicotomías: Estado/ ciudadanía, padres/hijos, Profesores/alumnos; donde aquel con mayor poder, subyuga bajo su propio sentido de ese poder al otro.

Entonces ¿Quiénes y cómo determinan que es abuso respecto de este poder? Quienes tienen el poder para hacerlo y bajo sus lógicas. Luego, dado que el límite entre el no abuso y el abuso es definido por quienes tienen arte y parte en él, ¿Cómo puede quien está bajo el ejercicio de poder de un otro, identificar, o reclamar ante un abuso? ¿Puede siquiera saberse abusado? Probablemente en muchos casos, ante una violencia muy evidente y demostrable, sí.

Sin embargo no todas las formas de violencia en el contexto del ejercicio de poder, son tan fáciles de identificar. Existen una serie de prácticas basadas en códigos de subyugación, dominación y hasta, anulación del otro, que se articulan sistemáticamente en el disciplinamiento, frecuentemente encontrado en el contexto institucional (El Estado, la familia, el colegio) y más marcadamente en el espacio denominado por Irvin Goffman como instituciones totales: la cárcel, el manicomio, el internado y el cuartel.

Sin ir tan lejos, encontramos que toda institución se define a sí misma a través de un constructo de normas y reglas que son impuestas a sus miembros bajo una relación contractual desigualitaria. Es decir, el poder lo tiene quién define esas reglas y normas y recae sobre aquellos que adscriben a dicho contrato sin participar de la definición de sus condiciones. Parafraseando a Michel Foucault en su ponencia “El orden del discurso” quienes y cuando pueden hablar, que cosas pueden ser dichas, que discursos son castigados, suprimidos o ignorados.

Este constructo se manifiesta como violencia simbólica. Las relaciones verticalizadas, se expresan en su mayor esplendor en los códigos disciplinarios que simbolizan la violencia. Quien manda/ quien obedece, quien habla/ quien calla, quien levanta la cabeza/ quien la agacha. En este contexto de naturalización del ejercicio de poder, bajo la distribución de los roles al interior de la institución, aquello enunciado por quien detenta la autoridad difícilmente sea puesto en duda por quien se encuentra bajo el influjo del ejercicio de la violencia simbólica, quedando instalado un espacio posibilitador del abuso. Por lo tanto, este no necesariamente se presentaría como una anomalía, sino como un efecto del uso del criterio y de las posibilidades. Para aquellos más vulnerables en esta distribución, el abuso se constituye en una amenaza muchas veces disfrazada: “Lo hago por tu bien”, “debes obedecerme”, “te lo buscaste”, “lo hago porque te amo”; quedando indefensos. Por lo que cabría preguntarse, ¿Cómo puede  un niño diferenciar cuando está siendo abusado, respecto de aquellas formas de violencia simbólica legitimadas o cómo podría defenderse?

Si consideramos la importancia de esta reflexión podemos también tomar algunas medidas. Por una parte, aquellas que pasen a través de la comunicación con el menor y por otra, las que implican involucramiento con la comunidad escolar a la que se integra. Esto supone también hacerse cargo de la reflexión acerca del tipo de institución a la cual confiamos parte de su formación.

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chojesus

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Mi espacio personal, la dimensión de mi pensamiento crítico. Nada del otro mundo...

la llaga

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Cada descubrimiento, cada progreso, cada aumento de la riqueza de la humanidad, tiene su origen en el conjunto del trabajo manual y cerebral, pasado y presente. Entonces, ¿qué derecho asiste a nadie para apropiarse la menor partícula de ese inmenso todo y decir: «Esto es mío y no vuestro»? Piotr Kropotkin

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