El miedo en la población latinoamericana, la secuela del autoritarismo y de la amenaza política como recurso docilizante.

Es de conocimiento popular, que en los circos donde hay elefantes, estos generalmente están atados al piso de una de sus patas, con apenas una cuerda o una pequeña cadena unida a una estaca y que al animal le bastaría solo un jalón para liberarse de aquella, sin embargo no lo hace y permanece dócil y anclado.

La hazaña del domador o dueño del circo, consiste en atarlo desde que es apenas una cría, con cadenas lo suficientemente fuertes como para resistir todos sus intentos de zafar. El elefante pequeño intenta una y otra vez su huida, jala sin resultado, hasta que por fin se cansa y asumiendo que ya no podrá lograrlo, deja de intentar. Desde ese punto, el amo, ya sabe que puede atarle con cualquier cuerda que cumpla la función de “recordarle” al animal, que no puede huir.

Pablo Neruda nos dice en su Canto General, que “Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”[1], en otras palabras, según lo expresado por León Rozitchner “La represión reprime lo que ya emergió, pero lo reprimido, por ser pulsional e inherente a la vida misma no puede ser nunca doblegado definitivamente: constituye la base insublimable de la humanidad. Retorna una  y otra vez mientras haya vida.”[2]

La historia nos muestra, con ejemplos como la revolución francesa o las conquistas de independencia en distintos países del orbe, incluyendo gran parte de Latinoamérica, como, independientemente de los resultados muy a posteriori, las grandes revoluciones sociopolíticas, han sido promovidas y batalladas por los pueblos, de modo que, aunque no toda lucha conduce a una revolución, si toda revolución, ha nacido y es producto necesariamente de la lucha.

Sin embargo, la historia también, aunque en forma soterrada y poco detallada, nos entrega información acerca del desenvolvimiento de los hechos políticos, sociales y económicos durante los últimos centenarios en América Latina, luego de estas independencias alcanzadas. Y si bien, las fuentes más oficialistas destacan los acontecimientos históricos que convienen más a sus propósitos, aun contamos con el registro histórico de autores de la talla de Eduardo Galeano u otros, que rescatan los crudos episodios tan poco contados en la historia oficial y que tanto han colmado de dolor a estos maltratados pueblos. Según sus palabras: “La lluvia que irriga a los centros de poder imperialista ahoga los vastos suburbios del sistema. Del mismo modo y simétricamente, el bienestar de nuestras clases dominantes -dominantes hacia adentro, dominadas hacia afuera- es la maldición de nuestras multitudes condenadas a una vida de bestias de carga.”[3]

En ellos, da cuenta de los reiterados e incontables alzamientos y movimientos, protagonizados por obreros, mineros, indígenas, estudiantes, jornaleros, campesinado, mujeres, etc. Movimientos sociales que de común, comparten motivos de: injustica, pobreza y explotación y que de resultado también tienen algo en común: el fracaso ligado a castigos de toda índole, a la no obtención de lo reclamado y a un continum de sometimiento.

También hay de común en las historias de estos pueblos, una combinación paradigmática, entre una pretensión de modernidad y la conservación de estilos sociopolíticos correspondientes a un tipo más bien monárquico, heredado y adaptado en pequeños grupos de poder, en manos del mestizaje de ambos mundos, a decir, el mundo occidental y el mundo “indígena y salvaje” colonizado.

Bajo esta hibridación entre ambas concepciones, que por una parte movía y aun mueve, a sus beneficiarios herederos, a modalidades políticas orientadas hacia la conservación tanto de los privilegios, como de las estructuras del viejo orden y el poder. Al mismo tiempo que, la necesidad de inserción en la globalidad y sus ventajas los impulsa a la generación de cambios graduales que, al incorporar ciertas tecnologías, metodologías y nociones políticas y sociales, van acercándoles a mejoras en las escalas de los estándares mundiales; las sociedades latinoamericanas comienzan a generar particularidades en sus sistemas políticos, que los diferencian del resto del mundo y que los sitúa en ciertas condiciones diferenciables a distintos niveles.

En términos de estructura política, Latinoamérica se destaca en un largo periodo por la sucesión de dictaduras, golpes de Estado, periodos acéfalos, guerras civiles, que se resumen en un solo epíteto: Autoritarismo. El periodo de los autoritarismos en Latinoamérica, que tuvo su clímax en la década del 70, si se caracterizó por un tipo de acciones políticas, a nivel de los mandos superiores, cargada de juego sucio y un manejo internacional cruzado por presiones, negociaciones e intervencionismo desde las hegemonías políticas, mucho más reconocible es el alto grado de violencia ejercida en contra de la sociedad civil, especialmente en los estratos más vulnerables.

El periodo de los autoritarismos latinoamericanos, arrasó con una creciente fuerza contestataria que se articulaba en los distintos países y desde distintas fuentes discursivas y movimentistas de los 60. Así, tanto movimientos de obreros, de campesinado, de estudiantes, de mujeres, de gremios, de partidos políticos específicos ligados a la lucha social, vieron desmoronarse en cosa de unos instantes, construcciones organizativas, políticas y sociales, que quedaron reducidas a la clandestinidad.

La lucha organizada post golpes de Estado, si bien ha sido importantísima en el rol que les cabe como ejes fundamentales de las movilizaciones que incidieron en cada uno de los casos, en los respectivos retornos a la democracia, también es cierto que vieron profusamente mermada su capacidad convocante y aglutinante, para el ejercicio de la resistencia o de la lucha contra el régimen. Esto, debido por una parte, a la eliminación sistemática de sus miembros, en los proceso de persecución, prisión, tortura, exilio, desaparición, eliminación de identidad y muerte, ya sea en forma de masacre o individualmente. Pero también, por medio de la represión y la amenaza permanente, que conduce en cada caso al asentamiento de un estado constante de miedo, alerta e incertidumbre.

Los distintos países, puestos en “Estado de excepción” bajo la cautela de los grupos al mando, elaboran toda clase de discursos legitimatorios para tales distinciones y sus consecuentes acciones represivas y de control social. Uno de los más recurrentes discursos es aquel del orden, sin embargo no es el único ni tampoco el único que sea eficaz para el convencimiento de amplios sectores de la población civil y de distintos segmentos políticos, que ven en estos, la posibilidad de un periodo de calma, al dotarles de ciertas garantías ciudadanas a cambio de obediencia y docilidad frente a sus dictámenes.

Estos dictámenes, cargados de ideología que legitime sus acciones, están orientados en su mayoría, a detectar, perseguir y suprimir toda diferencia. Al respecto, Lechner afirma que: “…el nuevo autoritarismo se constituye como una experiencia compartida: experiencia de una violencia sistemática, de un orden programáticamente autoritario y excluyente. El objetivo de los golpes no es tanto el derrocamiento de determinado gobierno como la fundación de un nuevo orden. Se busca imponer una nueva normatividad y normalidad mediante procedimientos propios de una “lógica de la guerra”.” [4]

Ahora, si se toma en consideración la tremenda carga histórica que arrastran, los distintos pueblos que protagonizan estas verdaderas tragedias sociopolíticas, no es extraño que estas acciones represivas pasen a constituir una parte más de esta larga data del derrotero histórico que les precede, más que un proceso específico. Y si bien, una primera mirada a estas consecuencias indicaría todo lo contrario, es cosa de observar la perdurabilidad con que el miedo se ha instaurado en las distintas sociedades latinoamericanas, con sus respectivos pueblos, estratos, segmentos y toda clase de grupos, de modo que aun ya pasadas un par de décadas, desde los respectivos retornos a la democracia, incluso más allá de los periodos de transición, sea tan difícil que la sociedad civil se empodere en su rol político.

Según Lechner, “El debate sobre la democracia, al igual que gran parte del pensamiento político moderno, gira en torno a la seguridad; o sea, responde a miedos sociales. Del miedo a la guerra y la violencia, al desamparo y la miseria, surgen las tareas de la política: asegurar la paz, garantizar la seguridad física y jurídica (Estado de derecho) y promover la seguridad económica (Estado de bienestar).”[5] Sin embargo, aunque el enfoque aquí se sitúa en la forma generalizada con que se relacionan las sociedades y sus respectivos Estados, en base a la obtención de grados de certidumbre frente a la amenaza de estas distintas índoles mencionadas, también es cierto que en la especificidad del caso latinoamericano, esta tendencia a una mayor sumisión a propósito de esta necesidad de certidumbre y orden, ha llegado a niveles que podrían considerarse desastrosos en términos del tipo de democracia construida y del tipo de sujeto político en que se ha convertido el integrante promedio de la sociedad civil.

Desde este análisis y desde lo expuesto por el mismo Lechner, hay una diferencia entre necesidad de certidumbre en base al miedo y el miedo propiamente tal, aunque más que estar ligados, agregaría que aunque la base deficitaria del orden y funcionalidad política esté dado por dicha incertidumbre basada en el miedo, este puede estar en forma latente e inexplorada produciendo esta necesidad en los sujetos; mientras que el miedo manifiesto y evidente, que se presenta a un nivel más consciente, cuando se experimenta en torno a la vivencia de la amenaza política o de la posibilidad de ella, se comporta como un factor docilizante frente a la amenaza y a los posibles proveedores de dicha certidumbre.

Lechner, también expone frente a esta problemática, un cierto efecto paradojal que se produce en la relación de los sujetos frente a esta necesidad de certidumbre exacerbada, como consecuencia de la amenaza política producida en los procesos autoritarios, respecto de la autoridad y del tipo de proyecto político y ligada a una “cultura del miedo”.”Vivimos una cultura del miedo. Y esta herencia  persistirá, aunque desaparezca el régimen autoritario. (…) La dictadura agudiza una demanda de seguridad que a su vez nutre el deseo de una “mano dura”.”[6]

El mecanismo bajo el cual es posible tal nivel de necesidad de control a propósito de esta búsqueda de certidumbre, consistiría en su legitimación mediante la definición de un enemigo común como eje de malignidad, en torno del cual estar unidos para su ataque y exterminio. Así, “Circunscribiendo el peligro de un objeto visible, claramente identificable y oficialmente sancionado como “mal”, el temor se vuelve controlable. La operación es simple y conocida. Las diferencias son transformadas en “desviación” y “subversión” y sometidas a un proceso de “normalización”.”[7]

En ese sentido, Lechner destaca la importancia analítica, de que los índices de temor a la delincuencia en dictadura, en el caso chileno; sea superior al miedo a ser afectado por la amenaza política del mismo autoritarismo, en cualquiera de sus formas. Y bajo su perspectiva, “…el miedo explícito a la delincuencia, no es más que un modo inofensivo de concebir y expresar otros miedos silenciados…”[8]

La gravedad de esta forma de relacionarse con el miedo y la necesidad de certidumbre que se genera, sostiene y reproduce como legitimación, es que: “La cultura del miedo es no solo el producto del autoritarismo, sino, simultáneamente, la condición de su perpetuación.”[9]

Ahora, también desde otra perspectiva, el tema del miedo generado bajo estas condiciones en América Latina en los periodos de autoritarismo, como una especie de  continuidad histórica de las formas de hacer política y sus efectos, es abordado por la psicología de manos de Elizabeth Lillo y María Isabel Castillo de un modo aún más drástico. Según ellas, “Desde tiempos ancestrales, en América Latina la opresión la violencia represiva y el miedo han sido experiencias comunes a los indígenas, los campesinos, los mineros y los pobres. Las dictaduras de seguridad nacional modificaron la representación colectiva de la violencia política ejerciendo la presión de acuerdo a criterios ideológicos, sin hacer distinción de clases ni de grupos sociales. Este tipo de represión política ha privilegiado el uso de métodos psicológicos, métodos invisibles, en el control político de una sociedad determinada.”[10]

Desde esta propuesta teórica formulada por estas autoras chilenas, a propósito de los efectos de la última dictadura en el comportamiento posterior de sus víctimas, resulta interesante la descripción que hacen en torno al concepto de miedo, por cuanto este, por definición estaría circunscrito a un proceso acotado y específico, respecto de una amenaza interna o externa, con consecuencias de reacción, de las mismas características. En vez, en una especie de contrasentido fundamental, el miedo se ha vuelto crónico, integrado en forma permanente en la cotidianeidad de los sujetos.

Las consecuencias de este miedo crónico son múltiples. Por una parte, las formas de relación entre los sujetos cambian. Según lo expuesto por ambas autoras: “…cuando miles de sujetos son amenazados simultáneamente dentro de un determinado régimen político, la amenaza y el miedo caracterizan las relaciones sociales, incidiendo sobre la conciencia y la conducta de los sujetos. La vida cotidiana se transforma. El ser humano se hace vulnerable.”[11]

En este sentido, por ejemplo, las autoras exponen la aparición del fenómeno que consiste en la percepción de una idea de lo siniestro en la política, a raíz del miedo crónico establecido por la amenaza.

“Freud definió el carácter de lo siniestro, lo ominoso, haciendo referencia a la pérdida de los límites entre la realidad y la fantasía. La tortura, la desaparición de personas, las ejecuciones o asesinatos, como otras violaciones de derechos humanos son una expresión de lo ominoso en las relacione sociales, ya que la realidad sobrepasó los límites que la fantasía más perversa jamás pudo imaginar.”[12]

Por otra parte, si bien, el miedo producido por la amenaza política,  vinculado a los procesos de terrorismo de estado y sus efectos, han sido escasamente abordados; no solo no significa que los casos sean pocos, sino que da cuenta, justamente de lo contrario, según las autoras. Por lo que citan principalmente a escritores y poetas que dan cuanta de esta realidad subjetiva por montones, como este fragmento del poema de Julia Esquivel, basado en la violencia instaurada en el modo de hacer política en Guatemala.

“No tengo miedo a la muerte

conozco muy bien

su corredor oscuro y frio

que conduce a la vida

(…)

 

Tengo miedo de mi miedo

y aun más del miedo de los otros

que no saben a donde van

y siguen aferrándose

a algo que creen que es la vida

y nosotros sabemos que es la muerte.”[13]

 

Bajo el diagnóstico de las autoras algunas de las consecuencias concretas enunciables a propósito de la amenaza política y su correlato del miedo como un miedo vuelto crónico y cotidiano, serían: la devaluación de la vida humana, la prolongación del miedo producido en el periodo autoritario, en el ámbito nuevo de la paz política con consecuencia de su naturalización como si no estuviera, una estrechez y rigidización del marco general de la vida social que conduce a la polarización y debilitamiento en la autonomía personal y autoconfianza,  entre otros.

En torno a estas consecuencias y a la introyección que el sujeto hace de la represión misma, ya Marcuse decía: “La represión desde fuera, ha sido sostenida por la represión desde dentro, el individuo sin libertad introyecta a sus dominadores y sus mandamientos dentro de sus propio aparato mental. La lucha contra la libertad se reproduce a si misma, en la psique del hombre, como la propia represión del individuo reprimido, y a su vez, su propia represión sostiene a sus dominadores y sus instituciones. Es esta dinámica mental la que Freud revela como la dinámica de la civilización.”[14]

Otros aspectos que las autoras relevan en sus conclusiones y en los cuales profundizan bastante, se orientan a poner en relación los lineamientos morales ligados a la tradición ya estatuidos en estas sociedades, y la huella que las anteriores historias de masacres, asesinatos oficiales y persecuciones ya se habían establecido como forma de ejercer política, para la configuración de un tipo de psique, en la cual el accionar de los autoritarismos se vuelve una continuidad, donde estos se acoplaron a las condiciones históricas de sometimiento respecto al orden establecido, y para la cual, estos logran reforzarla y agudizarla, mediante la metodización sistemática del dominio, basado en la amenaza política reciente.

“El carácter operante de la amenaza se apoyó en aprendizajes histórico-sociales de los sujetos, y se reforzó posteriormente con el manejo de técnicas sofisticadas respecto de los usos psicológicos del terror a través de los medios de comunicación de masas.”[15]

Ahora, si estos efectos son puestos en relación con las nociones de democracia y Estado, más que establecerse una relación de sentido forzada, o de intencionalidad política, fácilmente salta a la vista la forzocidad de su naturalización, como formas de política legítima y de validez universal.

Pensar la relación entre Estado y democracia, de por si implica una alta complejidad que da lugar al menos a unas cuantas reticencias, respecto de 1. La capacidad del Estado como eje democratizador, considerando su exclusión implícita, en el régimen de totalidad, respecto de que se considera o no, como dentro o fuera de la política en su estandarización de formas de hacer. 2. La noción de democracia actual, como mecanismo anulador de la participación política al dejar de ser participativa y volverse completamente nominal en su representatividad. 3. La posibilidad de la existencia del Estado sin algún nivel de democracia y 4. La posibilidad de la existencia de la democracia sin la existencia de un Estado como tal.

Ahora, si esos cuestionamientos por si solos ya son complejos al plantearlos de forma homogénea y abstracta para todo el paradigma moderno occidental, mucho más complejo aun, es pensar estos conceptos en relación con un contexto tan específico, concreto y peculiar como el experienciado en Latinoamérica.

La complejidad por una parte proviene desde los centros de poder y dominación por cuanto estos mismos están en una permanente serie de contradicciones fundamentales, tales como: 1. El hecho de que propongan ideales nacionalistas como modo de  legitimación de su dominio, al mismo tiempo que se enriquecen a costa de explotar lo nacional, orientándose a un servilismo político-económico exterior, en estrecha relación con lo hegemónico. 2. La ambivalencia de una mantención de sistemas tradicionalistas de dominio, fomentados a partir de procesos de modernización carentes de secularización y modernidad ilustrada. 3. El hecho incongruente de que en su participación política, ligada a la construcción de la figura de democracia inclusiva, sean tanto juez y parte en las decisiones que afectan lo nacional, al ser representantes tanto de la esfera de lo público, como de la esfera de lo privado, por cuanto son en cada caso las mismas elites económicas y sociales, las que ocupan los cargos relevantes de la administración del Estado y sus cercanos.

Mayor complejidad aun, si el análisis se elabora desde los sujetos, por cuanto estas consecuencias del miedo han anulado o al menos disminuido exponencialmente la participación de estos, en la formulación y determinación de sus propias vidas, delegando esta responsabilidad, pero también este derecho inalienable, en sujetos pertenecientes a una verdadera elite autodenominada “clase política”, como los apropiados para esa función, desestimando las consecuencias desastrosas implicadas en ello.

La explicación de esto, para redondear, está dada por el acondicionamiento sistemático de sujetos que: 1. A raíz de su miedo reconocido o irreconocido, no sienten deseos de luchar por ideales, o deseándolo no se atreven a hacerlo y en este sentido están paralizados políticamente. 2. A partir de la condición crónica del miedo y la consecuente incapacidad para darse cuenta de ello, trasvasijando su contenido en representaciones de amenaza más amigables en términos de resolutividad válida políticamente, en torno a la búsqueda de certidumbre. 3. En base a la introyección de las ideologías que justifican los medios de dominación, de los cuales son víctimas y bajo los cuales han sido anulados y la consecuente autoreproducción del mismo. 4. A partir de la pérdida de autonomía y autoconfianza, como efecto del miedo crónico y los modos de naturalización de la sumisión y docilidad ante la autoridad y lo dado como orden político y consecuente abuso indiscriminado, ante el cual se responde con una inclinación de hombros.

Básicamente, estamos hablando de sujetos anulados políticamente, que para hablar de una democracia como tal solo podríamos estar refiriéndonos a ellos como los pertenecientes al mundo del oikos de la Grecia clásica, es decir: esclavos. Solo que esto tampoco sería posible, por cuanto los que si participan como sujetos políticos no salieron jamás del mundo de la necesidad del oikos para internarse en el mundo del civitas.

La tarea de la construcción de una verdadera democracia en Latinoamérica y sus pueblos, ante tal reducción de sus sujetos políticos, se pone cuesta arriba. Hacernos cargo de la expresión sintomática del miedo y sus consecuencias, es un paso fundamental, junto al replanteamisnto de un quiénes somos y qué tipo de política es la que queremos para nuestras realidades únicas y complejas, tanto como la idea de si continúa siendo válida para estas realidades, la permanencia de la figura central de un Estado. Pero sin lugar a dudas replantear estos asuntos requiere de voluntad y participación de sujetos más empoderados, con lo que nos vemos medianamente atrapados en una trampa de sentido. Destrabarla es el camino que debemos intentar, de no ser así, permaneceremos al igual que el elefante de circo, anclados a una realidad miserable, pendiendo de una cuerda más imaginaria que real rodeando nuestros tobillos.


[1] Neruda, Pablo.(1950) “Canto general.”

[2] Rozitchner, León. (1991)  Citado en: Lira, Elizabeth. Y Castillo, María Isabel. “Psicología de la amenaza política y del miedo.” Instituto Latinoamericano de salud mental y derechos humanos. Pág. 55.

[3] Galeano, Eduardo. (2006) “Las Venas abiertas de América Latina.” Editorial Pehuén. Santiago de Chile. Pág. 17.

[4] Lechner, Norbert. (1988) “Los patios interiores de la democracia. Subjetividad y política.” FLACSO. Pág. 20.

[5] Ibíd. Pág. 119.

[6] Ibíd. Pág. 88.

[7] Ibíd. Pág. 88-89.

[8] Ibíd. Pág. 89.

[9] Ibíd. Pág. 90.

[10] Lira, Elizabeth. Y Castillo, María Isabel. “Psicología de la amenaza política y del miedo.”  ILAS. Instituto Latinoamericano de Salud Mental y Derechos Humanos. Pág. 7.

[11] Ibíd. Pág. 8.

[12] Ibíd. Pág. 8-9.

[13] Esquivel, Julia. (1981) Citada en: Lira, Elizabeth. Y Castillo, María Isabel. “Psicología de la amenaza política y del miedo.”  ILAS. Instituto Latinoamericano de Salud Mental y Derechos Humanos. Pág. 15.

[14] Marcuse, Herbert. (1984) Citado en: Lira, Elizabeth. Y Castillo, María Isabel. “Psicología de la amenaza política y del miedo.”  ILAS. Instituto Latinoamericano de Salud Mental y Derechos Humanos. Pág. 53.

[15] Lira, Elizabeth. Y Castillo, María Isabel. “Psicología de la amenaza política y del miedo.”  ILAS. Instituto Latinoamericano de Salud Mental y Derechos Humanos. Pág. 231.

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Destierros

Rondas de Gabriela en los libros Santillana.

¿Y dónde quedó Gabriela, la Gabriela lesbiana?
Su pasión ardorosa y lengua afilada,
se esconden dormidas bajo el ropaje con que le cubre
De “todas íbamos a ser reinas” y “piececitos de niño”
el romance dulce y la ternura materna.

Tonadas de Violeta canturreando en las guitarras.

¿Y dónde quedó Violeta, la Viole revolucionaria?
Su labia furibunda frente a los opresores
palidece inexorable en las melódicas y románticas,
“jardineras” y “agradecimientos a la vida”.
Sus “maldiciones al cielo” se la llevaron de un tiro.

Poemas de Neftalí oliendo a “neftalina”.

¿Y dónde quedó Pablo, el Pablo de la lucha proletaria?
“sus veinte poemas de amor” se robaron la pantalla
y su única desesperación nunca fue cantada.
En las “alturas de Machu Pichu” la noche estrellada
no ve el cadáver envenenado de dictaduras.

Obra de los destierros, coraje del desperdicio.

Los laureles con que cubren sus preseas
devoran con cada aplauso un poco más de su sentido.
Claman por belleza y mientras,
hasta borrar el último rastro y vestigio,
los perros devoran la médula de los huesos.

Que no quede huella de violencia en el paraíso.

chojesus

Poesias y pensamientos

El Quinto Patio

Mi espacio personal, la dimensión de mi pensamiento crítico. Nada del otro mundo...

la llaga

POESIA EXPUESTA

Ciencias Libertarias

Cada descubrimiento, cada progreso, cada aumento de la riqueza de la humanidad, tiene su origen en el conjunto del trabajo manual y cerebral, pasado y presente. Entonces, ¿qué derecho asiste a nadie para apropiarse la menor partícula de ese inmenso todo y decir: «Esto es mío y no vuestro»? Piotr Kropotkin

El Quinto Patio

Un vistazo a la realidad, en pocas palabras...