Besarte

Besarte,
largamente y sin interrupciones,
besarte con suavidad de terciopelo,
besarte como la lluvia que acaricia las mejillas
y como la brisa que azarosa
nos roza erizando la piel.

Besarte,
besarte con ternura,
con la ternura de un primer beso,
ingenuo y cándido,
de mañanas jubilosas
y ojitos risueños.

Besarte con violencia
y golpearte con mi beso,
como el reventar de una ola estallando en todo el cuerpo,
como beso que se expande desde una fuerza subterránea
para derramarse dolorosamente en lo sensible de la boca
y de los sentidos.

Besarte,
como nadie te ha regalado un beso,
como el beso de los insectos adheridos al polen,
embelesados de dulzor,
embriagados de aroma y sabor
ofrendados desde el núcleo mismo de la flor.

Como el beso de la muerte,
exhalando el gran suspiro
y el beso del primer estallido
en llanto, del comienzo de vida.
Ese beso de aire frio
que acaricia los pulmones de frágil despertar.

Besarte,
conquistando cada célula
de tus labios y tu lengua.
Exploradores de antiguos rituales
que se subliman en la boca
hasta hacernos invisibles.

Besarte,
y extasiados, conmovidos,
descubrir el beso.
Ese momento primario de hambre contenida,
que se retuerce en las entrañas
y se contorsiona en las venas.

Besarte,
besarte con abandono,
con inconsciencia del tiempo y del modo.
Besarte como lactante,
que lame de la teta
en perfecta simpleza.

Besarte,
gráciles los labios
al encuentro de lo húmedo.
Cálido el hálito
en la agitada sinfonía
del desnudar el beso.

Besarte,
besarte simplemente
como el encuentro se dibuje,
en el baile de las bocas,
que perfila nuestros sueños
de besos perennes.

 

Resentidos

Puedo cerrar los ojos y traer a mis manos
el recuerdo de las manos de mi padre
tomándolas con ternura y firmeza.
Repasar los largos años de amargura
en que se ennegreció mi infancia
desde que nunca más.

Siento, sentí, sentiré,
y sobre todo resiento.

Puedo cerrar los ojos y traer a mi boca
el sabor del hambre acumulada,
el dolor de la fatiga arañando el estómago,
el hedor de la mugre decorando la casa.
Respirar profundo y saborear la miseria
que abrazó mis pasos de niña.

Siento, sentí, sentiré,
y resiento una vez más.

La imagen de la muerte
escalando desde los cimientos
para devorar la felicidad de mi madre.
Robarle la ternura,
destrozarle la paciencia,
arrancarle de cuajo el amor de un solo golpe certero,
largo, agónico, traicionero.

No necesito cerrar los ojos para ver su fantasma revolviendo mi propia vida.

La bruma de la memoria gastada
me arroja sobre un infierno de sombras.
La historia contada que nunca termina de doler
y de adquirir existencia propia
transformándose en el tiempo,
para desalojarme del suelo firme
y despedirme a un páramo desolado y sin retorno.

Siento, sentí, sentiré,
Resiento angustiosamente.

La falta, la insistente y porfiada falta,
que anuncia su condenada presencia
con cada despuntar del alba
y con cada luna nueva.
La dolorida carencia
que encarece el estar vivo.

Siento, sentí, sentiré,
resentidamente…

Después de todo lo arrebatado
después de todo lo trastocado
todo lo destrozado,
lo dañado y lo enturbiado,
no me pedirán que olvide y perdone.
No me abofetearán de nuevo.
No escupirán sobre mis antiguas
y renacidas lágrimas, su indolencia.

Después de todo, quiénes son para llamarme resentida.

 

 

 

 

“El árbol de la vida” o lobo con piel de oveja.

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Esta ambiciosa producción cinematográfica del director Terrence Malick, protagonizada por Saen Peann, Brad Pitt y Jessica Chastain, nos conduce por una hermosa fotografía, intensa musicalización y la conmovedora historia de una familia desde su formación, hasta sus procesos de ruptura, pérdida y reconciliación. Siempre al compas de una pretensión filosófica estilo “new age” que desborda en la idealización de las relaciones, el amor, la vida y la muerte y por supuesto, Dios. Acompañada de muy buenas interpretaciones actorales, especialmente la de los niños que son capaces de cautivar la atención del espectador, dispersada por las incoherencias del director y sus devaneos sui generis.

Probablemente esta película junto con sembrar una serie de dudas en torno a su confusa trama, conmover hasta las lágrimas en muchas de sus escenas y dejar a muchos preguntándose acerca de las cosas importantes de la vida, genere una heterogeneidad de percepciones en torno a la propuesta. Y ¿Cómo no? Si rompe con una serie de esquemas comunes a todos e intencionalmente mezcla una serie de elementos inconexos como si fueran a ser la mejor receta, con la combinación perfecta de ingredientes en el sartén de la experiencia visual (lo que podría ser un mérito). Pero luego de tanta cebolla fina e imagen de protector de pantalla, tal vez habría que preguntarse ¿Qué es lo que realmente nos quiso decir Malick?

El Árbol de la vida es una de esas horribles trampas estéticas donde en virtud de la belleza de las imágenes, el sonido y trascendentales cuestionamientos filosóficos de todos los tiempos, la ideología y el dogma que le subyacen quedan perfectamente disfrazados tras un halo de “verdad” autoinferida que nos deja desarmados y perplejos.

Hay que estar dotados de un gran sentido crítico para notar cuando un lobo tan voraz como el que se esconde tras la sedosa y tupida piel de una oveja nos cuenta sus cuentos: Patriotismo, nacionalismo, sueño americano, patriarcado, explotación, racismo, individualismo, como parte de la construcción identitaria de la nación más poderosa del mundo, son elementos que quedan validados, rescatados y justificados. Con ellos lo que finalmente podemos observar, (si realmente observamos), es una oda al capitalismo como ideología, al protestantismo como dogma y a la nación estadounidense como la dueña total y absoluta de las verdades acerca del universo y por lo tanto de su control.

Un bodrio cinematográfico como este, solo podía llegar a proponerse como un film con posibilidades de reconocimiento mediante la utilización de un extraordinario elenco y una estética y trama completamente artificiosas, con tintes de cine arte, que cumplan la función de confundir al espectador. Así, el collage con que escenas que aluden a la creación/evolución del universo, la evolución de las especies, Dios, la vida humana, los paisajes naturales, erupciones volcánicas, cataclismos, la vida misma, desde las perspectivas más macro hasta las más microscópicas, junto a las preguntas acerca de Dios y de la muerte; se presentan como un todo y una misma cosa. Empero, lo son de la mano del cuestionamiento del ideario mismo de la construcción civilizatoria de la “tierra de los libres”, representada en la vida de una pequeña familia estadounidense de la década de los 50 que encarna en gloria y majestad el sueño americano, llevado en términos estéticos a un nivel completamente idílico. Donde pareciera que con la misma belleza y naturalidad con que crece el pasto y los árboles en los jardines, crecieran también las lujosas casas en que habitan estos típicos ejemplares del imperio forjado.

Sin embargo la verdadera trampa radica en la fractalidad con que  permanentemente juega su director, al proponer una trama donde Dios es observable en el Universo, este en la figura del Estado Norteamericano, a su vez aquel, en la figura de la familia modelo de la época y finalmente esta, en el individuo que protagoniza una trivial historia de la muerte de su hermano. Pensado a la inversa, el individuo es a la familia, lo que la familia al Estado (entiéndase Estados Unidos),  tanto como, el Estado es a Diós. Finalmente, Estados Unidos encarna a Dios y realiza, al más puritano estilo protestante, la reproducción de su obra en el capitalismo.

De ahí las primeras frases con las que describe la distinción entre naturaleza y gracia, ante la cual finalmente se produce la exégesis de todos los aspectos deleznables de una sociedad enferma, bajo la justificación ante el lema del sacrifico. El padre autoritario, golpeador, abusivo y que representa el dominio del mundo exterior al hogar, los negocios, el trabajo; que encarna principalmente una clara metáfora del Estado, queda justificado en su rol protector, creyente, propio de la autoridad. Es decir, el no se equivoca, él hace lo que debe hacer porque es su rol. Por otro lado la madre, sumisa, sin opinión, sin vida intelectual, profesional o social, que empieza y termina en su familia y el dominio del esposo, representa un ícono de bondad y beatitud; es la metáfora de la madre patria que acoge a todos sus hijos. Ambos cumplen sus respectivos roles bajo la lógica del sacrifico que normaliza estas conductas observables en cada casa por donde el niño protagonista dirige su mirada y por lo tanto a lo largo y ancho de toda la nación. El mismo niño, aun conflictuado y rebelde ante el padre, se convierte en el padre y reproduce la historia. Misma que nos lleva desde la empresa donde el padre ocupaba un cargo importante forjando a la nación, hacia la ciudad de los rascacielos donde él lo imita perpetuando su legado y el de un próspero imperio del capitalismo. Por lo que también la reconciliación del hijo hacia el padre es la reconciliación simbólica desde el ciudadano hacia el Estado, que debe asumir los costos del estilo de vida norteamericano y todas las formas de violencia que este implique.

La esclavitud, la explotación, la discriminación, de millones de negros que literalmente levantaron Estados Unidos, bajo esta mirada idílica son un paréntesis en el camino. La miseria, la delincuencia que hoy repleta descomunales cárceles, apenas la constatación de que algunos no tomaron las decisiones correctas, (no fueron creyentes ni se sacrificaron) y no del resultado de un sistema perverso y maquínico que devora todo a su paso destruyendo incluso las posibilidades de realización para la gran mayoría. Espacio perfecto para que la perfecta madre haga su beneficencia de señora bien.

Basta concluir que el film encarna perfectamente el ideario de un texano (Malick), que como miles de texanos en la frontera con México, aquel país violentamente saqueado y expropiado por los mismos que ahora sacan sus rifles para disparar a mansalva a quienes osen cruzar la frontera, está convencido de pertenecer a los buenos. Por eso, al mejor estilo de un lobo con piel de oveja, pero de los que se creen ovejas, nos lo quiere decir usando toda la artillería pesada del corazón, en su grandilocuente relato.

chojesus

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