Modelo ISI en Chile: Las condiciones estructurales previas que permitieron su incorporación a los requerimientos mundiales post crisis y la relevancia del sector salitrero.

Introducción.

Con motivo del desastre financiero que en 1929 desplomara las bolsas del mundo, ocasionando la más importante crisis económica de la modernidad, hasta ese momento registrada, en lo que vino a llamarse la depresión del 29, las economías latinoamericanas se vieron forzadas a reconfigurar su modo de insertarse en el entramado de las relaciones económicas internacionales vigentes. Esto, tiene su explicación en la drástica disminución de ingreso de divisas que la exportación de materias primas arrastrara como consecuencia de la misma, tanto por la sostenida baja de precios que arrojaban las bolsas, como por la importante disminución del volumen de compra que las naciones industrializadas comercializaban con sus proveedores tercermundistas[1], cuando “tanto los productos alimenticios como las materias primas disminuyen su importancia en dicho comercio a favor de los manufacturados. Tendencia que se agudizará principalmente, a partir de la segunda guerra mundial.”[2] Si la vieja fórmula del modelo de desarrollo hacia fuera, agro exportador, basada en una extracción (principalmente agrícola-ganadero y minero) de muy bajo costo, que se sustenta en el trabajo intensivo  de una mano de obra barata y la mínima incorporación de tecnología, que en suma, da lugar a una producción absoluta[3], a la formación y prolongación de las oligarquías latinoamericanas y del funcionamiento medianamente estable de los distintos estados nacionales; bajo estas nuevas condiciones toda esta vieja estructura heredada del colonialismo se vuelve obsoleta.

Desde la década del 30 hasta aproximadamente mediados o fines del 60, la nueva panacea económica viene a constituirse en América Latina por la implantación del modelo de industrialización por sustitución de importaciones, que como su nombre indica, reemplaza al modelo agro exportador y consiste en el intento de producir internamente en cada país lo que a falta de divisas se deja de importar, generando una industria interna[4], vale decir, un modelo de desarrollo hacia adentro; cuyas ventajas guardan relación con las posibilidades de una mejor inserción en la economía mundial, (en términos externos) que mejore la balanza de pagos y un desarrollo (interno) que implique la ampliación de las clases medias, las mejoras en los procesos de urbanización y en aspectos del desarrollo moderno como las comunicaciones, transporte y uso de tecnologías de diversa índole.

Si bien esta adaptación en la perspectiva de inserción de mercado se da en una lógica de esfuerzo mancomunado entre Estado y capital, donde el papel fundamental le cabe al primero, permitiendo también el surgimiento de las burguesías nacionales, al mismo tiempo que el declive de las oligarquías[5]; la consistencia con que cada estado enfrenta este proceso, depende de múltiples características situacionales y estructurales previas que condicionan la velocidad de respuesta al cambio, las posibilidades internas de ampliación de dicho desarrollo industrial y las capacidades posteriores para enfrentar sus procesos de crisis. Por lo mismo, la magnitud de transformación, en vías de crecimiento y en términos cepalinos, de desarrollo hacia adentro[6], da como resultado un abanico de manifestaciones que responde a la heterogeneidad de condiciones previas. Así por ejemplo, Argentina, México, y especialmente Brasil, son expresiones claras de un éxito sostenido en la incorporación y ampliación de su industria, que debido a sus amplios mercados internos se muestran capaces de absorber su propia producción, sin tener que depender estrictamente de la ampliación de un mercado externo. Al mismo tiempo, países como Guatemala, Honduras, Bolivia, entre otros, presentan serias dificultades domésticas de orden político, económico e incluso social, para incorporarse a la nueva dinámica del continente, por lo que sus resultados redundan en un empobrecimiento agudizado. Y que países como Chile, Colombia y Uruguay, sin destacar como los líderes, logren sortear airosamente el proceso de transformación, solidificando su posición relativa al interior del sector.

Desde esta perspectiva, si bien, Chile no cuenta con los mercados internos necesarios para una gran expansión industrial interna acorde al momento, que absorba su producción y genere un ciclo positivo que estabilice las condiciones internas y externas del estado nación, de todos modos logra sortear con mediana eficacia los efectos nocivos de la crisis y mantener una estabilidad razonable. Esta estabilidad implica como resultado un posicionamiento relativamente alto en la distribución al interior del sector, que favorece sus relaciones externas, tanto políticas como económicas.

En este trabajo se abordará la injerencia de la incorporación de territorios al norte del país, como consecuencia de la guerra del Pacífico en torno a la explotación salitrera y las transformaciones que esta proporcionó desde una perspectiva económica, tanto interna como externa, una perspectiva social y política y la constitución de una estructura particular previa al proceso de la depresión del 29, en relación con la forma de incorporación al proceso latinoamericano del modelo de industrialización por sustitución de importaciones (como capacidad de enfrentar la primera crisis) y los procesos de transformación posterior a la década del 60 (como modo de enfrentamiento de una segunda crisis) que supone el declive de dicho modelo de desarrollo. Este análisis pondrá cierto énfasis en los procesos de industrialización previa al momento de auge que se inaugura en la década del 30 y de las estructuras de transporte, comunicaciones y urbanización previa que favorecen la rápida inserción al nuevo modelo, articulando una contrapropuesta con aquellas posturas teóricas e historiográficas que desestiman su importancia o validez.

Desarrollo.

Como una de las más importantes consecuencias de la guerra del Pacífico, que en 1879 sostuvo Chile con sus países vecinos, Perú y Bolivia, las Provincias de Tarapacá y Antofagasta fueron anexadas al territorio chileno a modo de botín[7], lo que vino a constituirse en la más significativa dimensión de ganancia para el Estado-Nación, tanto en el corto como en el largo plazo. Esta relevancia está dada por la incorporación de los yacimientos salitreros que existentes en la zona, en los cuales ya, inversionistas chilenos habían comenzado a trabajar en la década de 1860, y por los cuales se originan los conflictos limítrofes en torno a dichos intereses. Sobre todo, dado que esos yacimientos eran “considerados las fuentes de nitrato más importantes del mundo a fines del siglo XIX.”[8]

La rápida incorporación de las altas exportaciones de salitre a la economía chilena generaron lo que ha dado en llamarse un boom y según lo descrito por el historiador Patricio Meller, “Chile pronto se transformó en el mayor productor de nitrato en el mundo. De 1880 a 1930, las exportaciones salitreras constituyeron el área más importante de la economía chilena.”[9]  Según Aníbal Pinto, habría que distinguir entre dos fases en este periodo de expansión: “El primero se extiende desde la guerra (1879) hasta 1898, en el que un crecimiento notorio de las entradas por el intercambio es constreñido por la prolongación de la tendencia a la baja de los precios internacionales. El segundo, que se abre en 1898 y se cierra con la crisis, marca un vuelco tan espectacular como auspicioso…”[10]

Para comprender mejor la relevancia que supone esta incorporación para la constitución de un boom económico, es indispensable establecer un contraste con la situación previa de Chile en torno a las exportaciones y condiciones de intercambio precedentes. En el periodo que va desde 1830 a 1880, destaca la actividad minera en el norte chico, con las extracciones de oro, plata y cobre, mismas que dan lugar a la formación de las primeras burguesías nacionales[11] que invierten en el norte grande, antes de pasar a manos chilenas.

Por otra parte, Cariola y Sunkel describen un cierto auge en la agricultura, que constituiría un segundo pilar, en que se apoya el ciclo expansivo del salitre y que estaría dado por el gran incremento de la producción de trigo y harina en la zona central del país.[12] Luego, Meller afirma que “…cuando se observa el siglo XIX en su conjunto, todos esos “booms” se reducen a “boomcitos” cuando se les compara con el auge del salitre.”[13] Y algunos de los datos del autor para su afirmación serían que: hasta 1870 las exportaciones se expanden al 3% anual, mientras que lo harían a más de un 5% anual en la era del salitre, incrementándose las exportaciones chilenas generales de US$ 12/persona (promedio 1850-1880) a US$ 50/persona alrededor de 1920 y un ingreso general país por concepto de exportación de salitre que pasa de US$ 6,3 millones en 1880 a US$ 70 millones en 1928, con un peak de US$ 96 millones antes de la primera guerra mundial[14].

Respecto de este auge económico, algunos autores como Aníbal Pinto, aseguran que Chile, como Estado Nación, no fue capaz de aprovechar lo auspicioso del momento para la generación de un crecimiento importante y que principalmente inversionistas extranjeros usufructuaron de su mayor ganancia, en lo que se llamaría, según lo citado por Meller, la teoría del enclave.[15] La tesis central de “Chile, un caso de desarrollo frustrado”[16], de Pinto, daría cuenta de esta percepción bastante pesimista del asunto. Sin embargo, existen algunas posturas historicistas que argumentarían que a pesar del importante flujo de divisas hacia el exterior, que significó el modo de inversiones propiciado en la época, donde según lo descrito por Meller, “…la explotación a gran escala del salitre comenzó bajo control mayoritario británico después de 1880”[17], la economía chilena se vio fortalecida e incrementada en base a las tributaciones provenientes de su exportación, que según los cálculos establecidos para el periodo y en los que coincidirían tanto Meller como Cariola y Sunkel, bordearía un promedio del 30% del total.[18]

Estos últimos, además matizarían respecto del rol fundamental del Estado, que al mismo tiempo, los otros dos tercios del ingreso por concepto de salitre, se dividían en la mitad como ganancias netas de los inversionistas y el valor de los costos de producción, por lo que “El Estado chileno logró apropiarse de aproximadamente la mitad del excedente generado en la actividad salitrera”[19]Lo que es de alta relevancia para los autores, por cuanto da cuenta del poder que podía ejercer el Estado como para imponer tan alto gravamen, a capitalistas tanto internos como extranjeros, lo que se traduce en que si “En 1880 los tributos pagados por la actividad salitrera significaban solamente el 5% de las rentas ordinarias de la nación. Esa proporción aumentó rápidamente a un 50% diez años más tarde y ahí se mantuvo fluctuando hasta 1918”[20] y por lo tanto también en una importante vía de disminución de impuestos de orden interno, como la supresión de la alcabala en 1884, los derechos de imposición en 1888 y el desplazamiento de otros impuestos, como recursos hacia las municipalidades, como mobiliarios, herencias y donaciones.[21] Respecto de esta capacidad de un Estado fuerte, Carmagnani señala que ya hacia 1850, Chile contaba con un Estado de enorme autonomía y poder del gobierno central, insólitos en América latina.[22] Lo que resultaría clave a la hora de interpretar su participación en la guerra del pacífico y su capacidad de intervención en los procesos de acumulación de divisas por gravamen a dicho boom comercial.

Esto también genera aumentos importantes en la capacidad del Estado para generar transformaciones en torno a distintas áreas de inversión. Una de estas refiere a las obras generadas desde el Ministerio del Interior, el cual crea correos y telégrafo, agua potable, alcantarillado, alumbrado público, pavimentación y aduanas. Un incremento del aparato estatal de 3.000 funcionarios en 1880 a 13.000 en 1900 y 27.000 en 1919.[23] Esta transformación está acompañada por procesos de incremento similares en las áreas de educación, salud, higiene y prevención social, vivienda, transporte y distintos ámbitos del bienestar social, que incorpora márgenes de cobertura significativos e importantes cambios cualitativos.

Por otra parte, esta nueva capacidad financiera del Estado, en articulación con las inversiones de capitales tanto internos como externos, favoreció la incorporación de una serie de implementos de infraestructura que vienen a volverse indispensables para la realización de los procesos productivos del ciclo del salitre y que más adelante serían de alta relevancia para la incorporación del modelo ISI en Chile. Así, por ejemplo, “la red ferroviaria estatal pasó de 1.100 kilómetros en 1890 a 5.000 kilómetros en 1913”[24]y esta transformación estructural se vio acompañada de similares procesos en construcción de caminos, puentes, construcción de edificios públicos y especialmente de obras marítimas y de puertos.[25]

Estas transformaciones de corte estructural no solo significan la potenciación de la inversión privada, sino que incentivan las transformaciones propias de la migración en base a la creación de nuevas oportunidades de empleo, tanto rural como urbano. Para el caso de la zona central se aprecia un aumento de urbanización notable en los censos de 1875 a 1930 de 400.000 personas a 1.330.000.[26] En el caso específico del norte salitrero, la migración de trabajadores que se desplazan del centro y sur hacia las provincias productoras del nitrato es cuantiosa. “en el periodo 1906-30 más de 40.000 personas trabajaron en los yacimientos salitreros.”[27] Si se agrega el hecho de que la principal fuerza de trabajo era enganchada junto a su familia, el cálculo se dispara. Lo que en síntesis, para Cariola y Sunkel, significa que: “con la guerra del pacífico, la expansión salitrera y la acción del Estado, se crearon una serie de condiciones sumamente favorables para la expansión industrial: un mercado nacional en expansión y relativamente protegido, una infraestructura de transportes y comunicaciones, disponibilidad de abundante mano de obra barata en los principales centro urbanos.[28]

De hecho, si bien de forma aislada, ya algunos inversionistas habían incursionado en la industria en décadas anteriores, a contar aproximadamente de 1880 en adelante, lo que implica que con estos avances estructurales, las incursiones sobre todo en el área manufacturera, se incremente hasta su consolidación formal con la fundación por parte de la élite integrada por la burguesía nacional empresarial, de la sociedad de fomento fabril (SOFOFA), en el año 1883.[29] Y aunque existen versiones que aseguran que solo a contar de la implementación del modelo ISI con la crisis del 30 se puede apreciar el surgimiento de una industria nacional como tal; existen versiones que apuntan a la demostración de lo contrario. Tal es el caso del trabajo de Cariola y Sunkel, donde se articula una postura altamente documentada al respecto.

Desde su aporte analítico, el caso específico del desplazamiento de distintos productos, la mayoría de ellos provenientes de una industria nacional, habría manifestado una importante alza en su proveniencia del cabotaje, es decir, como desplazamiento vía marítima, desde los puertos de la zona sur productora, hasta los puertos de la zona norte productora del salitre y consumidora de estos. Estos desplazamientos indicarían un importante alza productiva de productos agropecuarios y de origen industrial nacional como: calzado, frijoles, trigo, harina, pasto seco y cerveza embotellada, en una primera fase de expansión y vacuno, charqui, madera, cebada, cerveza en barril, y aguardiente en una segunda etapa expansiva; que se traducen en que si en el periodo 1880-1887 el consumo de productos de esta índole equivalía a 7 millones de dólares anuales, ya en 1913 y 1920 equivalía a 40 y 60 millones respectivamente, de los cuales solo el 10% se originaba en importaciones.[30] También “La mano de obra empleada en la industria manufacturera mediana y grande, lo que excluye a los establecimientos que emplean a menos de 5 personas, llega a 53.000 personas en 1915. Esta cifre se eleva rápidamente hasta algo más de 70.000 en 1918(…) y vuelve a crecer fuertemente hasta cerca de 85.000 en 1924-25.”[31]

Sin embargo, todo este desarrollo industrial, en comparación con el proceso de  incorporación del modelo de desarrollo ISI resulta bastante rudimentario. A contar de la crisis del 29 y la caída sostenida de los precios y la proporción de intercambios en la balanza de pagos, y particularmente del desplome del precio específico del salitre, que habiendo en alguna medida sorteado los embates de su sustitución artificial, por parte de  su principal comprador (Alemania), durante la primera guerra mundial, a contar de la incorporación de EEUU como nuevo y principal cliente[32], las condiciones auspiciosas se fueron a pique, bajo un drástico cambio del panorama económico, que afectaría a los ingresos del Estado, a los privados tanto nacionales como extranjeros y la población general, entre ellos los trabajadores del sector, que absorbió sus difíciles efectos.

Con la caída en la balanza de pagos y la consiguiente incapacidad de seguir generando importaciones de los productos industriales de primera y segunda necesidad, conduce a los distintos países a orientar sus fuerzas productivas y capitales, hacia la formación de industrias nacionales. En este sentido, si bien Chile nunca logra dar un gran salto cualitativo que lo incorpore entre los países industrializados y con ello, lo distancie del atraso y el fenómeno de dependencia descrito más tarde por la CEPAL[33], es uno de los primeros países latinoamericanos en incorporar las medidas del modelo ISI de desarrollo, en plena década del 30, mientras el resto de los países latinoamericanos lo haría recién después de la segunda guerra mundial[34], y por lo tanto, el primero en adaptarse a las nuevas condiciones. Aunque otros autores, matizarían que según su velocidad de incorporación podría establecerse una tipología en que, por una parte están los países “tipo A: Argentina, México, Brasil, Chile, Uruguay y Colombia”[35], que a diferencia de los otros países, tipo B, se industrializarían antes de la segunda guerra. Sin embargo, esta pronta reacción, también responde a que es, según lo publicado en un informe de la liga de las naciones y tomando como referencia las cifras del periodo 1927-1929, el país más golpeado con la gran depresión.[36]

Según el diagnóstico resumido de Meller, “La primera guerra mundial, la gran depresión y la segunda guerra mundial, crearon una aguda escases de productos importados, cuyos precios relativos subieron, aumentando así la rentabilidad de la inversión en la ISI.”[37] Desde esta perspectiva es fundamental el análisis del accionar del Estado, de modo de poder establecer esta incorporación de modelo como tal y las fases o procesos específicos que es posible de observar en él, que según lo expuesto por el autor, existe una primera fase o etapa, en que el incentivo principal de su realización está dado por el mercado y donde los precios y los diferenciales de utilidad sirvieron para canalizar recursos hacia la generación de la manufactura. En este caso, se observa un importante aumento de la producción de bienes facturados de baja calidad. Luego existe un segundo periodo, donde el rol del Estado comienza a definir notorias diferencias al incorporarse activamente al proceso, con alta protección arancelaria, incentivos específicos, créditos más baratos y acceso especial a las divisas e inversión estatal en infraestructura; con la finalidad de reducir la dependencia y la vulnerabilidad externa.[38]

Sin embargo, pese a la temprana incorporación, Chile tampoco logra un gran despegue, adoptando una ISI de bajo nivel tecnológico, debido a la baja capacidad de importación de maquinaria que le permitían las divisas, que solo pudo obtener después de la segunda guerra mundial. El resultado concreto de la aplicación del modelo ISI para el caso chileno no generó grandes logros y mientras otros países de Latinoamérica lograban un crecimiento de la productividad del 1 a 1,5% anual entre 1950-1953, Chile no alcanzaba el 1%.[39] Por lo tanto, sí según lo propuesto por Talavera, existen dos subperiodos, el primero hasta 1945, donde se presentan los problemas estrangulamiento, o de incapacidad de importación generalizadamente en Latinoamérica y un segundo subperiodo, desde la segunda post guerra hasta mediado de los 50, que se caracteriza por un crecimiento del poder adquisitivo de los distintos países latinoamericanos, debido a una coyuntura internacional más favorable, mientras países como Brasil alcanzan la producción de bienes de consumo duradero[40], Chile sucumbe en una espiral de pérdida de capacidad adaptativa, al no flexibilizarse ante las condiciones cambiantes, donde por una parte, las protecciones una vez otorgadas era difícil retirarlas y por otra se genera una mentalidad empresarial de la facilitación por esta vía. Junto a la fomentación arancelaria de una estructura productiva con una industria oligopólica no competitiva.[41]

Desde otro ángulo explicativo, según lo expuesto por talavera y aunque refiera más bien a la generalidad de lo que ocurre en Latinoamérica, “Al expandirse rápidamente el consumo de tal bien sustituto, la demanda derivada de importaciones puede sobrepasar, rápidamente, la economía de divisas obtenida con su producción inicial.”[42]Por lo que, el mismo crecimiento termina convirtiéndose en la trampa. Por una parte, existe el riesgo de que la producción de un bien específico, no encuentre mercado interno suficiente como para concretar cause mercantil y deba depender de su expansión por fuera, ampliando las fronteras del ciclo producción-consumo, riesgo que solo puede sortear un país que haya ampliado suficientemente su clase media, especialmente urbana y que además cuente con una población lo suficientemente numerosa, y por otra parte, la mayor complicación para superar el éxito de un primer impulso, radica en que una vez utilizados todos los insumos requeridos, estos deban ser vueltos a importar para continuar con un nuevo ciclo productivo, lo que según talavera conduce a un nuevo estrangulamiento externo.[43]

Conclusiones.

No es fácil determinar si la crisis que dio fin a la aplicación del modelo ISI en Chile respondió mayoritariamente a factores externos, como el nuevo estrangulamiento aquí mencionado, o si más bien respondió a los factores de orden doméstico o interno señalados por Meller, que en suma, demoraron y desmejoraron la elección de acciones a seguir, yendo en detrimento de las opciones que el amplio marco de posibilidades auguraba para un país que tan rápido implementaba el modelo. Lo que sí resulta más evidente, es la limitante propia que supone la estrechez de un mercado interno, no solo por el número de población muy inferior al de los países que lograron dar saltos cualitativos mayores en términos de la formación y expansión de sus industrias, sino por la ampliamente desigual distribución interna de los recursos, que en el caso chileno da lugar a una escasa clase media capaz de conformarse como un mercado que permitiera un consumo más allá de productos suntuosos para una minoría adinerada, (para los cuales la industria interna no contaba con la suficiente tecnología y no ameritaba la inversión) y productos de primera necesidad, para los cuales ni siquiera había suficiente población en condiciones de pagar su consumo.

En términos internos, ese factor sería uno de los más determinantes y si se analiza los siguientes procesos políticos y económicos que sucedieron a este periodo descrito, especialmente en lo ocurrido entre 1970 y 1990, esa apreciación puede quedar aun aún más evidenciada[44]. Sin embargo, ninguno de estos fenómenos de orden interno, una vez resueltos, habrían podido evitar que al momento del agotamiento de recursos del tipo insumo, para la continuidad del proceso productivo, la vuelta al estrangulamiento externo hubiese terminado por coartar en gran medida el proyecto y su éxito, mucho más allá de lo que fue su conocida aplicación. Por lo tanto, en el análisis específico del caso chileno, la inclinación de la balanza analítica estaría dada por una combinatoria de ambos factores, donde la prominencia por su inevitabilidad, la tienen aquellos de orden externo.

Finalmente y a modo de conclusión, la relevancia que la experiencia chilena comporta respecto de la incorporación del modelo ISI, a razón de lo acontecido con la gran depresión del 29, nos conduce a la interrogante por la relación con sus causas, efectos y sobre todo, con sus condiciones particulares de inserción. De estas, la más interesante y paradojal, es sin duda la incorporación del salitre en la economía chilena; que por un lado es la causa de la dependencia total a la que se ve expuesta como monoexportadora y por lo tanto la causa de su estrepitoso desplome, como país más afectado del mundo. Mientras, al mismo tiempo, por otro lado, es la razón principal de su capacidad de respuesta ante la crisis.

Según lo revisado en este trabajo, y lo recabado en distintas versiones históricas y analíticas, no es difícil concluir, que si Chile no hubiese incorporado los yacimientos pertenecientes al vecino país, Perú, en ningún caso habría sido capaz de sortear de igual manera los embistes de una crisis de tal magnitud y sin los cuales y sus abundantes riquezas obtenidas, no habría contado en dicha época con 1) una estructura estatal suficientemente empoderada, solvente y articulada, como para hacer frente a las decisiones y estrategias que exigía el momento, 2) una infraestructura de transporte, comunicaciones y tecnologías que permitieran la rápida incorporación de las medidas estatales y de inversión acordes a las nuevas exigencias, 3) una estructura distributiva de la población urbano-rural, en base a la producción, que permitiese la rápida incorporación de una fuerza de trabajo disponible y fácilmente adaptable al requerimiento nuevo y 4) una estructura normativa e inversionista articulada en torno a la formación de una élite empresarial burguesa, que ya hubiese incursionado ampliamente en la industria, que por insipiente, ya contaba con los elementos de esta y solo restaba ampliarla y potenciarla.


[1] Meller, Patricio. (1996) “Un siglo de economía política chilena (1890-1990)” Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile.

[2] Talavera, Pedro. “la configuración del modelo transnacional de desarrollo en América Latina: Antecedentes y crisis.” Universidad de Barcelona. Pág. 165.

[3] Carmagnani, Marcelo. (FCE, 1978).  “Estado y sociedad en América latina.” Cap. 1. “Civilización y barbarie. El arranque del proyecto oligárquico.” Editorial crítica, grupo editorial Grijalbo, Barcelona. Pág. 27.

[4] Talavera, Pedro. “la configuración del modelo transnacional de desarrollo en América Latina: Antecedentes y crisis.” Universidad de Barcelona.

[5] Carmagnani, Marcelo. (FCE, 1978).  “Estado y sociedad en América latina.” Cap. 1. “Civilización y barbarie. El arranque del proyecto oligárquico.” Editorial crítica, grupo editorial Grijalbo, Barcelona.

[6] Talavera, Pedro. “la configuración del modelo transnacional de desarrollo en América Latina: Antecedentes y crisis.” Universidad de Barcelona. Pág.166.

[7] Cariola, Carmen y Sunkel, Osvaldo. “Un siglo de historia económica de Chile 1830-1930. Segunda parte: la expansión salitrera y las transformaciones socioeconómicas” Editorial Universitaria.

[8] Meller, Patricio. (1996) “Un siglo de economía política chilena (1890-1990)” Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile. Pág. 24.

[9] Ibíd. Pág. 24.

[10] Pinto, Aníbal. (1996) “Chile, un caso de desarrollo frustrado” Editorial Universidad de Santiago. Chile. Pág. 69.

[11] Cariola, Carmen y Sunkel, Osvaldo. “Un siglo de historia económica de Chile 1830-1930. Segunda parte: la expansión salitrera y las transformaciones socioeconómicas” Editorial Universitaria. Pág. 72.

[12] Ibíd. Pág. 73.

[13] Meller, Patricio. (1996) “Un siglo de economía política chilena (1890-1990)” Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile. Pág. 21.

[14] Ibíd. Pág. 24.

[15] Ibíd. Pág. 29.

[16] Pinto, Aníbal. (1996) “Chile, un caso de desarrollo frustrado” Editorial Universidad de Santiago. Chile.

[17] Meller, Patricio. (1996) “Un siglo de economía política chilena (1890-1990)” Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile. Pág. 24.

[18] Ibíd. Pág. 26.

[19] Cariola, Carmen y Sunkel, Osvaldo. “Un siglo de historia económica de Chile 1830-1930. Segunda parte: la expansión salitrera y las transformaciones socioeconómicas”. Editorial Universitaria. Pág. 87.

[20] Ibíd. Pág. 89.

[21] Ibíd. Pág. 90.

[22] Carmagnani, Marcello. (FCE, 1978).  “Estado y sociedad en América latina.” Cap. 1. “Civilización y barbarie. El arranque del proyecto oligárquico.” Editorial crítica, grupo editorial Grijalbo, Barcelona. Pág. 96.

[23] Cariola, Carmen y Sunkel, Osvaldo. “Un siglo de historia económica de Chile 1830-1930. Segunda parte: la expansión salitrera y las transformaciones socioeconómicas”. Editorial Universitaria. Pág. 90.

[24] Ibíd. Pág. 92.

[25] Ibíd. Pág. 92.

[26] Ibíd. Pág. 95.

[27] Meller, Patricio. (1996) “Un siglo de economía política chilena (1890-1990)” Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile. Pág. 24.

[28] Cariola, Carmen y Sunkel, Osvaldo. “Un siglo de historia económica de Chile 1830-1930. Segunda parte: la expansión salitrera y las transformaciones socioeconómicas”. Editorial Universitaria. Pág. 96.

[29] Ibíd. Pág. 97.

[30] Ibíd. Pág. 102-104.

[31] Ibíd. Pág. 99.

[32] Ibíd. Pág. 85.

[33] Talavera, Pedro. “la configuración del modelo transnacional de desarrollo en América Latina: Antecedentes y crisis.” Universidad de Barcelona.

[34] Meller, Patricio. (1996) “Un siglo de economía política chilena (1890-1990)” Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile. Pág. 52.

[35] Talavera, Pedro. “la configuración del modelo transnacional de desarrollo en América Latina: Antecedentes y crisis.” Universidad de Barcelona. Pág. 164.

[36] Meller, Patricio. (1996) “Un siglo de economía política chilena (1890-1990)” Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile. Pág. 48.

[37] Ibíd. Pág. 50.

[38] Ibíd. Pág. 50-51.

[39] Ibíd. Pág. 53.

[40] Talavera, Pedro. “la configuración del modelo transnacional de desarrollo en América Latina: Antecedentes y crisis.” Universidad de Barcelona. Pág. 168.

[41] Meller, Patricio. (1996) “Un siglo de economía política chilena (1890-1990)” Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile. Pág. 54-55.

[42] Talavera, Pedro. “la configuración del modelo transnacional de desarrollo en América Latina: Antecedentes y crisis.” Universidad de Barcelona. Pág. 168.

[43] Ibíd. Pág. 168.

[44] Meller, Patricio. (1996) “Un siglo de economía política chilena (1890-1990)” Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile. Pág. 55-66.

No puedo respirar

No puedo respirar. Tampoco quiero. Su mano está estrujando mi garganta y sé que él desea mi fin. No me importa si lo merezco o no a estas alturas y bien ambos podíamos merecerlo incluso, pero quiero castigarlo con mi muerte. Quiero castigarlo con la insoportable culpa que le sobrevendrá cuando todo esto pase. Me desespero. No puedo respirar, pero no le daré el gusto de sacudirme o intentar zafarme. Siento como la sangre presiona cada vena, cada poro de la cara me va a estallar. Estoy más roja que en toda la vida, que en todas las veces que me inundó esa tinta roja de vergüenza, de timidez, de estupidez; pero ahora es diferente, ahora tengo desprecio por la vida, por los otros, por él, especialmente por él y la tinta es venenosa, me invade toda la cabeza, las orejas me hierven y no desistiré. Quiero que me mate y que cuando yo esté muerta y ya no pueda hacer nada al respecto, lo invada el deseo de pedirme perdón. Lo quiero de rodillas suplicando mi regreso, mi vida, mis besos, mi aliento, como un idiota sobre mi cadáver. Bonito sería ver eso desde muy lejos. Llorando como un bebé.

Lo miro muy fijo a los ojos y sabe que si no estuviera apretando sería esa misma mirada la que tendría, con la misma frialdad, el mismo desprecio, la misma indiferencia, solo que pálida y serena. Quiere que llore, que suplique por mi vida, que le implore que me deje; pero detesto hasta lo indecible sus formas de chantaje emocional. Más que nada porque lo vuelve despreciable y quiero que lo sepa, que sienta mi desprecio, incluso en la muerte. Si tendré que hacérselo saber así, incluso a punto de morir, así será, no le daré el maldito gusto, no suplicaré. Me desespero. Tengo que probarle mi coraje. Él sabrá que no me pudo vencer, ni siquiera matándome. Que se pudra con su idea de superioridad, no es más que un imbécil incapaz de mirarse al espejo y pensar que quiere de su propia vida, por eso me usa para purgar una vida sin sentido. Quiere que yo sea su principio y su fin, su maldita musa, su juego de desear y poseer, de tomarme como si fuera una cosa, una bella cosa que él quiere para sí.

Se siente desesperado porque no logra que le ruegue, lo veo en su mirada, se sulfura, tuerce los labios, se muerde hasta sangrar. Parece un perro rabioso. Con su otra mano hace el gesto de golpearme. La levanta por sobre nuestras cabezas y yo tengo mis brazos extendidos a lo largo de la cama. Ni siquiera hago el gesto de levantarlos para defenderme, pero no me pega. Se queda con el puño tenso en lo alto y con los ojos muy abiertos mirándome con furia. No, no desisto, quiero morir ahora y que sea su culpa, todita su culpa. Le cargaré en su tosca y embrutecida mano la culpa de hacerme perder la vida, asesinada. Cuando esté muerta, lo primero que haré será ir a ver a su madre cuando se lo cuente la policía. Quiero ver si ahora va a defender a su hijito. Quiero ver la cara que va a poner cuando sepa que su hijo es un asesino. Mátame maldito, tengo la mandíbula en una tensión casi insoportable.

Baja la mano y de alguna parte saca un arma, tiembla entero mientras lo hace. Mejor si me mete una bala. Harta sangre repartida por el piso, harto drama. Ya lo veo, todo ensangrentado de mí y mis sesos repartidos por su ropa, la cama, la alfombra donde hacíamos el amor cuando todo comenzaba, cuando éramos felices. Maldito, quiero me meta esa bala de una vez. Jala el gatillo imbécil. ¿Acaso no sabes usar la maldita pistola? Ni para eso sirves, ya ni siquiera aprieta tanto mi garganta, un leve ingreso de aire y me dan ganas de toser. ¡No! ¡No quiero ceder! ¡Aprieta maldito! ¡Mátame de una vez!

Está nervioso, me apunta directo a la sien, para verme a los ojos. Quiere que me asuste y se da cuenta que no lo logra. ¿Cree que voy a cerrar los ojos? Lo miro fijo y fría, como él se merece, fría, fría, fría, fría, como un maldito témpano.

Está más desesperado que yo, lo sé. Ahora sí que me mata. Ahora sí que me revienta los sesos. Tiembla su mano y su sudor me cae en la cara. Siento asco. Más furia aún, maldito cerdo ¿Qué te pasa que no aprietas el maldito gatillo? ¿Te pensaste que caería alguna lágrima? ¿Qué iba a llorar por ti, por mi vida, por nosotros? ¿Acaso no sabes que ya lo mataste todo? ¿Acaso no sabes que tú eres un muerto para mí? ¿Qué yo ya me morí? ¿Qué ya me mataste hace tiempo? Eres tan imbécil que ni de eso eres capaz de darte cuenta. Ahí, con tu cara sebosa  goteándome encima, ¡Qué asco!  La furia me consume y ya no aguanto más. Siento que mi cuerpo se sacude involuntariamente. Maldición, detesto lo involuntario. Siempre odié hasta los estornudos, el hipo, prefería la tos, cualquier cosa, pero ahora esto, va a creer que ganó, miserable. No puedo parar de temblar, mi cuerpo se sacude sin control. Gira el arma y la lleva a su sien derecha. Lo estoy viendo, maldito, no te mat…el disparo me deja sorda.  Cae con todo su peso sobre mí, la sangre comienza a derramarse sobre mi cara, mi boca, que asco. No puedo respirar.

Necesito ser desnudada de mis imposturas

Necesito ser desnudada de mis imposturas,
tragada por una nada dispuesta a digerirme hasta los huesos,
reventada la matriz y la simiente, la médula y las dentritas.

Necesito que los días y las noches me hagan de nuevo,
que las artes impúdicas de la biología me dibujen una vez más,
como si nunca mis sentidos hubieran captado una sola nota del universo.

Necesito vaciarme de mi misma, toda, entera, mudar de escencia,
que un vómito me sacuda todas las ideas y los supuestos,
una arcada que me deje dada vuelta, mirandome hacia adentro.

Necesito ser reparida y redestetada en los brazos del cielo,
que me modele una otra existencia desde el principio y desde el final
hasta que yo me sea, nada más ni menos, que todo lo posible.

chojesus

Poesias y pensamientos

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Mi espacio personal, la dimensión de mi pensamiento crítico. Nada del otro mundo...

la llaga

POESIA EXPUESTA

Ciencias Libertarias

Cada descubrimiento, cada progreso, cada aumento de la riqueza de la humanidad, tiene su origen en el conjunto del trabajo manual y cerebral, pasado y presente. Entonces, ¿qué derecho asiste a nadie para apropiarse la menor partícula de ese inmenso todo y decir: «Esto es mío y no vuestro»? Piotr Kropotkin

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Un vistazo a la realidad, en pocas palabras...