El llanto tras los ojos

Los ojos lloran hacia adentro
intentando lavar la memoria,
por eso no confío en la ausencia
de estremecimiento en un rostro.
Las lágrimas están en la lluvia
que emula su escurrir delicado
acumulándose en las cavidades
y deslizándose en los senderos llorosos.

El llanto está en el rechinar
de los dientes engarzados
y el palpitar de mandíbula recia
que juega a destrozarse.
Está en las manos sudorosas
que se estiran más allá de los dedos
y las uñas de su seno
antes de volver a empuñarse.

El llorar de ojos secos y perdidos
en un habitar insondable,
que traspasa lo pueril y lo decrépito
en las cuencas deshabitadas,
es el intento de olvido
de la mirada que siempre huye
para engañar a la herida doliente
y no derramar su contenido.

El llanto está en los ojos
que se resisten a abrir con el alba
y que de noche, pasadas largas horas
no logran conciliar el sueño.
Está en la sonrisa que amable
se dibuja sin ninguna gracia
para congraciarse con los otros
y no desplomarse en desconsuelo.

Las lágrimas brotan generosas
en los estallidos de risa
que se asoman a la boca arqueada,
del ebrio, del deudo, del loco.
De ellos y sus enajenadas muecas
asoman todas las razones
para defender el sin sentido
de la burla en la tragedia.

Por eso son húmedos los ojos
y tan escurridizas las lágrimas
para que al picar la cebolla,
o hundirnos bajo el agua,
nadie sepa que estamos sordos
y no queremos saber de las lágrimas
ni de los amargos y ruines sollozos
que se esconden tras los ojos.

 

 

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No es tu frialdad

No es tu frialdad
sino que la aurora aún no supo
como darse a tu despertar.
No derramó sobre un par de cuerpos tendidos
suficiente tiempo de asueto y silencio.
No has sabido aún de los ojos que se clavan
como un par de garras punzantes
a devorarte las entrañas,
de la delicadeza que germina
con el susurro de versos ruborizados
que escalan la espina para morderte la nuca.
No has bebido aún esa copa de dicha
inexplicable y prodigiosa
que permanece oculta tras lo ritual y lo indispensable.

Ay de los besos y las manos presurosas
que se afanan por asir y saborear
y solo lamen y rozan una superficie lejana y distante.
Ay de aquellas mentes torturadas
por el torbellino de frases constantes
incapaces de acallar por un momento,
ese que vale el encuentro y el éxtasis,
efímero y luego…
gastado y tenue.

Un cuerpo es nada más y nada menos que un cuerpo.

No es tu frialdad,
sino una ternura infinita
estampada de golpe sobre un fragmento de tu historia
pero aún sangra
y ese hilo doliente me mira con recelo.

Tu delgada figura es capaz de disfrazar muy bien la enorme coraza construida
hacia adentro.

Yo me deslizaré hasta la puerta
que te separa del mundo,
ahí verteré vida y muerte
sin detenerme a juzgar tu extinción o tu renacimiento.
Pondré frente a ti,  junto a  mi cuerpo, todo lo que lo desborda.
Trozos de silencios acumulados con terquedad,
olores de otros mundos navegados en sueños
y de pesadillas delirantes y obsesas,
verdades y mentiras,
a medias, enteras, inventadas, construidas poco a poco, mías, de alguien, tal véz,
aquello que insisto en llamar honestidad.
Lumbre, bálsamo, tecito, el cielo iluminado de estrellas,
Yo los pondré en la palma de tu mano y en el canto de las cigarras.

Esbozar una sonrisa plegada al universo no es de alguien frio.

 

chojesus

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